Un árbol de Navidad y una boda

Un árbol de Navidad y una Boda
Fiódor Dostoyevski
Relato, 1848
Voz: Mercedes Menchero Verdugo
Duración: 24 Minutos
Música: Classiccat
Literatura rusa

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Fedor Dostoievski nació en Moscú en 1821, en el seno de una familia burguesa. Gran conocedor del alma humana, es uno de los más grandes novelistas de todos los tiempos. Falleció en San Petersburgo en 1881.

La policía secreta del zar acaba de detener a un grupo de revolucionarios. Entre ellos figura un joven escritor de aspecto débil y enfermizo, un tal Fedor Dostoievski, que tres años antes —estamos ahora en 1849— había publicado su primera novela, ¿as pobres gentes, con notable éxito. Los conspiradores son condenados a muerte. Sobre un carro, cargados de cadenas, el escritor y sus nueve compañeros son conducidos a la plaza Semenovsk, de San Peersburgo. Nieva suavemente y un viento helado azota a los reos. El oficial que manda el pelotón de ejecución da lectura a la sentencia, redoblan los tambores y los soldados preparan las armas. Un cosaco venda los ojos del novelista. Alguien solloza. De súbito, como un milagro, se oye un grito: «¡Alto!»


¿Qué es lo que ocurre? La sentencia ha sido conmutada en el último momento. Se perdona la vida a todos los condenados, y Dostoievski marcha desterrado a Siberia. Durante cuatro interminables años permanece en las heladas estepas asiáticas. Sufre los primeros ataques de epilepsia y parece imposible que su débil constitución pueda resistir la terrible dureza de la prisión. El escritor, sin embargo, resiste.

“Nuestro presidio —escribiría luego en su novela La casa de los muertos— estaba en el extremo de la ciudadela, dentro de las murallas. Si se mira por las rendijas de la empalizada, sólo puede verse un trozo de cielo y una elevada muralla de tierra cubierta por las altas hierbas de la estepa. Noche y día pasean por ella los centinelas, y el que mira se dice a sí mismo que pasarán años enteros y que verá por la misma rendija, siempre la misma muralla, siempre los mismos centinelas y el mismo rínconcito de cielo, no el que está encima de la pared, sino otro lejano y libre. Imaginaos un gran patio, de doscientos pasos de largo y cincuenta de ancho, rodeado por una empalizada hexagonal irregular, formada por estacas profundamente clavadas en tierra: tal es el recinto exterior del presidio. A un lado de la empalizada hay una gran puerta sólida y siempre cerrada, vigilada por centinelas, y que únicamente se abre cuando los presidiarios van al trabajo. Detrás de esa puerta está la luz, la libertad, viven gentes libres. Desde dentro de la valla imaginábamos todos ese mundo maravilloso, fantástico como un cuento de hadas. No era así el nuestro, pues no se parecía a nada conocido, y tenía sus costumbres, su aspecto y leyes especiales; era una casa muerta-viva, una vida sin analogías con la otra, poblada por hombres excepcionales…”


En 1854, al salir de la cárcel siberiana, Dostoievski no ha cancelado aún su pena. Todavía debe cumplir unos años de servicio militar obligatorio como soldado. Se casa y su fama como escritor va afirmándose cada vez más. Acosado por los acreedores, se ve forzado a escribir incesantemente. Tras ¿as pobres gentes, publica Humillados y ofendidos. La casa de los muertos y su obra cumbre, Crimen y castigo. En 1881 publicó ¿os hermanos Karamazov. La crítica universal considera hoy a Fedor Dostoievski como uno de los mejores novelistas de la historia de la literatura. El filósofo alemán Nietzsche dijo de él que «era la única persona que le había enseñado algo de psicología». Efectivamente, la penetración del escritor ruso llega a desvelar los más recónditos y oscuros misterios .del alma humana, demostrando al mismo tiempo una gran comprensión y simpatía por los humildes y desheredados de la fortuna. Su influencia se ha dejado sentir no sólo sobre la literatura rusa, sino también sobre la mundial.

Un árbol de Navidad y una boda


Este relato de Dostoyevski es un cuadro costumbrista que refleja a la alta burguesía de Petersburgo, a mediados del siglo XIX. En él, el autor narra las “maneras” de concertar una boda y los límites morales que se traspasan para conseguir el objetivo: un interés puramente económico y una prometida, niña aún, que pasa de estar bajo el dominio de su padre al de su marido. La habilidad descriptiva de Dostoyevski es aquí, como en todas sus obras, magistral, dibujando la psicología, tanto en caracteres como en actitudes de los personajes, de una forma impecable. A ello se añade la crítica sin ambages a la moral de su época, dando como resultado un retrato brutal de las “buenas familias” petersburguesas.

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Las encinas

Las Encinas
Poema
Antonio Machado
Generación del 98
Voz: Anna Antoñico
Duración: 5 Minutos
Música: Musopen (cc:by-nc-sa)
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Antonio Machado nació en Sevilla en 1875.

Obtuvo una cátedra de lengua francesa en el Instituto de Soria. Su obra está agrupada en Soledades, galerías y otros poemas, Campos de Castilla, Nuevas Canciones y Cancionero apócrifo de Abel Martín. En prosa escribió Juan de Mairena. Durante la guerra civil española tuvo que huir a Francia. Murió en un campo de concentración francés para refugiados en el año 1939. Los restos del poeta todavía descansan en el cementerio francés de Colliure.

La sobriedad y la sinceridad de las poesías de Machado, en las que aborda desde los temas más íntimos a las descripciones del austero paisaje castellano, lo acreditan como uno de los grandes poetas españoles contemporáneos. Machado logró imprimir a sus versos una hondura y una emoción poética difícilmente igualables: esto y su pesimismo respecto a la realidad española de su tiempo permiten clasificarlo entre los escritores de la Generación del 98.

Las encinas

¡Encinares castellanos
en laderas y altozanos,
serrijones y colinas
llenos de oscura maleza,
encinas, pardas encinas;
humildad y fortaleza!
Mientras que llenándoos va
el hacha de calvijares,
¿nadie cantaros sabrá,
encinares?
El roble es la guerra, el roble
dice el valor y el coraje,
rabia inmoble
en su torcido ramaje;
y es más rudo
que la encina, más nervudo,
más altivo y más señor.
El alto roble parece
que recalca y ennudece
su robustez como atleta
que, erguido, afinca en el suelo.
El pino es el mar y el cielo
y la montaña: el planeta.
La palmera es el desierto,
el sol y la lejanía:
la sed; una fuente fría
soñada en el campo yerto.
Las hayas son la leyenda.
Alguien, en las viejas hayas,
leía una historia horrenda
de crímenes y batallas.
¿Quién ha visto sin temblar
un hayedo en un pinar?
Los chopos son la ribera,
liras de la primavera,
cerca del agua que fluye,
pasa y huye,
viva o lenta,
que se emboca turbulenta
o en remanso se dilata.
En su eterno escalofrío
copian del agua del río
las vivas ondas de plata.
De los parques las olmedas
son las buenas arboledas
que nos han visto jugar,
cuando eran nuestros cabellos
rubios y, con nieve en ellos,
nos han de ver meditar.
Tiene el manzano el olor
de su poma,
el eucalipto el aroma
de sus hojas, de su flor
el naranjo la fragancia;
y es del huerto
la elegancia
el ciprés oscuro y yerto.
¿Qué tienes tú, negra encina
campesina,
con tus ramas sin color
en el campo sin verdor;
con tu tronco ceniciento
sin esbeltez ni altiveza,
con tu vigor sin tormento,
y tu humildad que es firmeza?
En tu copa ancha y redonda
nada brilla,
ni tu verdioscura fronda
ni tu flor verdiamarilla.
Nada es lindo ni arrogante
en tu porte, ni guerrero,
nada fiero
que aderece su talante.
Brotas derecha o torcida
con esa humildad que cede
sólo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede.
El campo mismo se hizo
árbol en ti, parda encina.
Ya bajo el sol que calcina,
ya contra el hielo invernizo,
el bochorno y la borrasca,
el agosto y el enero,
los copos de la nevasca,
los hilos del aguacero,
siempre firme, siempre igual,
impasible, casta y buena,
¡oh tú, robusta y serena,
eterna encina rural
de los negros encinares
de la raya aragonesa
y las crestas militares
de la tierra pamplonesa;
encinas de Extremadura,
de Castilla, que hizo a España,
encinas de la llanura,
del cerro y de la montaña;
encinas del alto llano
que el joven Duero rodea,
y del Tajo que serpea
por el suelo toledano;
encinas de junto al mar
?en Santander?, encinar
que pones tu nota arisca,
como un castellano ceño,
en Córdoba la morisca,
y tú, encinar madrileño,
bajo Guadarrama frío,
tan hermoso, tan sombrío,
con tu adustez castellana
corrigiendo,
la vanidad y el atuendo
y la hetiquez cortesana!…
Ya sé, encinas
campesinas,
que os pintaron, con lebreles
elegantes y corceles,
los más egregios pinceles,
y os cantaron los poetas
augustales,
que os asordan escopetas
de cazadores reales;
mas sois el campo y el lar
y la sombra tutelar
de los buenos aldeanos
que visten parda estameña,
y que cortan vuestra leña
con sus manos.

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