El enigma amarillo

junio 13, 2017 — Deja un comentario

Reyes Santos Lázaro:

El enigma amarillo
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El enigma amarillo - Reyes Santos

Voz: Reyes Santos Lázaro
Duración: 9 minutos
Selección Musical: Gelosoft
Artistas: Aeon, Dramerion & Apo (cc:by-sa-nc)

En la vieja y oscura calle de una gran ciudad, donde el tiempo se ha detenido, los vecinos luchan por sobrevivir en un entorno de asfalto, trepidante y vacío. La irrupción de Jacinto, un misterioso oriental, pondrá la nota de color… amarillo a la anodina y gris existencia del vecindario que, desconcertado, acude a la transformación de un mundo amenazante y desconocido.

En este corto relato, Amalia, la narradora, nos adentra, con humor, en algunos reductos que, olvidados, aún  persisten en las grandes urbes condenados a desaparecer.

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EL ENIGMA AMARILLO

El edificio en el que vivo es alargado, alto, vertical, estrecho muy estrecho, como la
calle angosta y triste en la que asienta sus cimientos. Hay en esta calle fría y gris, cuatro
tiendas discretas y antiguas que luchan denodadamente por mantener con dignidad su
pequeño espacio ignorando el polvo del olvido posado en sus estantes. Porque en la
calle donde vivo, el tiempo también se ha detenido envuelto de añoranza y de vacío.
Esta calle, sobre todo, es una calle de vecinos que viven aceleradamente al ritmo
moderno y trepidante de la urbe, en contraste con los adormecidos y estáticos edificios
que subsisten de forma extraña, como reductos del pasado, sin ser profanados por las
hábiles manos enguantadas de los especuladores. Al fondo de la calle se atisba el futuro
monstruoso, prometedor e incierto. Como se trata de un espacio detenido en el
tiempo, no hay tráfico ni coches que destruyen el silencio, que como un vecino más, se
ha instalado en nuestras vidas.
Los vecinos, a veces, parecen fantasmas que deambulan a las horas más
insospechadas y a pesar de la cercanía existente por la calle debido a su estrechez casi
llegan a rozarse) a penas hay contacto entre ellos. Eso si, pervive un acuerdo tácito,
indiferente sobre la vida de cada uno, teñido de una sutil desconfianza. Este es el
ambiente que respiro, aunque me consta que, en otros tiempos el vecindario era más
cordial y cercano. Me llamo Amalia y vivo en este lugar desde siempre, aun cuando no
tenía uso de razón. Mi nombre es único, es decir, me llaman sólo Amalia en contraste
con otras personas que acumulan varios nombres , debido quizás a un exceso de
atención sobre ellas o por el contrario, porque en su indefinición se opta por llamarles
despreocupadamente de diferentes maneras, según dicten las circunstancias o el
momento.
En el barrio en el que habito, la nota exótica la pone un vecino venido del Este. Como
nadie le conoce, y salvo sus rasgos es alguien indefinido, le hemos puesto tres o
cuatro nombres por diversión y con la secreta intención de convertirlo
necesariamente en un sujeto conocido. Los críos le llaman Jacinto, al que en sus
inconscientes bromas le
suman añadidos como “en los sobacos lleva el cinto” o “agáchate que te la endiño”, lo
que provoca la hilaridad de los chicos ante la sonrisa amable e imperturbable del
chino cuando con una leve inclinación a modo de saludo continúa su camino.
Balbina, la vecina de enfrente, le ha puesto Chu-Lin y el señor Severo, el de la tienda de
ultramarinos, Fumanchú. Así es como entre todos le hemos ido bautizando, ignorando
en realidad su verdadero nombre. Yo he optado por llamarle también Jacinto,
porque me recuerda a las flores amarillas que invariablemente vende por otros barrios.
Jacinto, con el que a penas he cruzado un saludo, tiene una mirada oblicua, como
dormida, desprovista de curiosidad pero con una chispa de sabiduría que escapa
bajo sus párpados cerrados. Es un hombre diminuto y silencioso que vive en el sótano
del edificio, en una pieza oscura y sin ventanas, donde nadie ni los ágiles chavales que
burlan tapias, andamios e inhóspitos rincones, ha tenido acceso al codiciado refugio.
Porque si la monotonía tercamente se instala en las ventanas colándose por las
rendijas, con una frialdad punzante y abrumadora en forma de escarcha, hay un lugar
que en nuestra imaginación no ha sido invadido ni profanado y es la pieza oculta,
enigmática donde duerme, come, defeca, piensa, maquina, urde, trama, actúa,
esconde, aguarda … vive solo Jacinto.
Existe un mimetismo entre el oriental y la calle, es como si viviera camuflado en ella,
aunque su origen provenga de China, un país remoto y desconocido, una potencia
hermética, sabia, silenciosa y paciente que constituye para Occidente todo un enigma
poderoso y temible
Por eso, el chino Jacinto, es un misterio. Nada sabemos de él, la duda invade
nuestras vidas monocordes, por lo que la gente desconfía de lo que no conoce y
sospecha…
¿Qué turbios negocios esconden estos chinos tras las flores de papel, la música
pirata y esa sonrisa permanente como esculpida con un cincel a golpes de
martillo?, ¿dónde están los otros chinos, amigos ocasionales de Jacinto?, ¿qué
hacen con los que mueren?, dice Balbina que les parten en trocitos, les pican
en una moulinex de grandes dimensiones y luego nos les comemos con arroz
tres delicias y salsa agridulce. Así que hace tiempo que por sugestión no piso un
restaurante chino.
El otro día, en la tienda he oído que los chavales han visto a unos chinos descargando
un enorme frigorífico a la puerta de Jacinto. Dicen los chicos del barrio que es para
guardar a los que han pasado a mejor vida, es decir; reencarnados en familia feliz al
bambú con setas y otras delicias culinarias. Estos chicos son terribles, me entran
escalofríos sólo de pensarlo. También se ha extendido el rumor de que hay más
ratones y menos gatos, y ya puestos a suponer, el pobre Jacinto debe de vivir en la
cámara de los horrores. Así que he decidido saltarme los prejuicios y acercarme, con
toda mi buena voluntad, níveo pensamiento y amplia sonrisa, al chino para descubrir
de una vez por todas el insano misterio.
Tras un precario acceso al oriental, he descubierto que Jacinto es un hombre amable,
extremadamente correcto, que me recibió respetuosamente, inclinando la cabeza, en
el rellano de la escalera con la puerta ligeramente abierta por la que pude atisbar un
trozo de sala no muy grande, bastante austera con una especie de alfombrilla sobre
el suelo, salpicada de flores amarillas, y asomando un poco a la derecha, un enorme
frigorífico abierto en el que reposaban algunas hortalizas y envoltorios de carne
transparentes. A los pies de la nevera, desplomado, la mitad de un carrito de la
compra semilleno. Más allá de la estrecha ranura, solo percibí oscuridad y silencio.
Para mi, Jacinto sigue siendo un misterio y mi calle una extraña superviviente rodeada
de obras y andamios hundidos en esta enmarañada y ruidosa jungla de asfalto sobre la
que de nuevo, cubriéndola de sombras, cae la noche.

Reyes Santos

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