Historia de fantasmas
E.T.A. Hoffmann
1776-1882
Voz: David Tenreiro Martínez
Duración: 15 Minutos
Música: Ehma, Doc and Olga Scotland (cc:by-sa) Audiolibros de Terror
Ernst Theodor Amadeus Hoffmann nació en 1776 en la ciudad alemana de Königsberg y falleció en Berlín en 1822.
El propio Hoffmann dijo de sí mismo: «Yo soy como esos niños nacidos en domingo, que son capaces de ver cosas invisibles para los demás hombres«.
He aquí un hombre, Ernst Theodor Ama-deus Hoffmann, que fue a la vez pintor, dibujante, hombre de leyes, músico y escritor. Compuso una ópera, basada en un drama de Calderón, y fue nombrado director musical de un teatro de Dresde. Admiró tanto a Mozartque cambió su nombre de pila por el del genial compositor. Hoffmann, sin embargo, debe su celebridad a sus maravillosos cuentos, con los que levantó un hermoso universo de realidades y ensueños, repleto de seres de carne y hueso, autómatas, fantasmas, cabezas parlantes, etc. Se considera a Hoffmann como creador del llamado cuento fantástico, precediendo a Poey otros novelistas.
Anton Chejov nació en Tangarov (Rusia) en 1860 y murió en 1904. Fue un renovador del teatro ruso.
Escribir sobre la gente de la calle, sin importancia, indefensa y sin recursos, es una de las características más relevantes de Chejov. Con una mezcla de humor y de tristeza el autor nos dibuja las situaciones más diversas de la vida de cada día. Cuentos, como éste, en los que los personajes luchan contra el ambiente cotidiano que les rodea.
El Jefe chacal y el extranjero del Norte. Tensión. Los chacales rodean al extranjero y lo sujetan. ¿Terminará en tragedia? el pobre hombre sólo intentaba dormir. Un muestra de cómo un relato breve alcanza la máxima perfección. Más relatos de Franz Kafka
En este breve relato, Clarínnos traslada en tren a una España marcada por los acontecimientos de su época, a través de sus gentes y de su propia historia. Un viaje en el tiempo a la España del siglo XIX.
El Libro de la Selva
Primera Parte
Rudyard Kipling
Voz: David Tenreiro Martínez
Duración: 2 horas 35 Minutos
Música: Krayne, Butterfly Tea & Zodiac (cc:by-sa)
Con este especial precio de lanzamiento el Grupo Editorial Audiolibro.org tiene el placer de presentarles la primera parte de El Libro de la Selva.
El Libro de la Selva representa una humanización de los animales de la selva, donde un niño, Mowgli, es criado por una manada de lobos. Un conjunto de inolvidables personajes que nos contarán maravillosas aventuras ensalzando los valores éticos y morales a través de la Ley de la Selva.
En el palacio real reinaba el silencio. Su faraón Amenemhat I había muerto, y toda la Corte mostraba su respeto en señal de duelo. Aunque también se sentía una gran preocupación en el ambiente… ¿quién sucedería al rey?
El mayor de sus hijos, quien debía sucederle, se encontraba lejos de palacio al frente del ejército, protegiendo el país. Rápidamente partieron mensajeros en su busca para informarle, y así, Sesostris I decidió regresar apresuradamente.
Por su parte, los demás hijos del rey Amenemhat I querían sucederle al enterarse de su muerte.
Sinuhé, hombre de confianza del faraón, observó que un hombre informaba a uno de los príncipes. Amenemhat había sido víctima de un complot, siendo asesinado por unos cortesanos que bajo las órdenes de este príncipe burlaron la guardia. Sinuhé temía por su vida, creyendo que al no haberse enterado de esas malas intenciones y no poder informar al futuro sucesor (Sesostris I) como era su deber, sería castigado a pesar de su inocencia. Pensó entonces en marcharse de Egipto.
Y así lo hizo. Sinuhé esperó el momento apropiado y tras esconderse evitando a los oficiales y cortesanos, se dirigió hacia el Delta del Nilo. Por la noche, tras esquivar la vigilancia de los centinelas, cruzó la frontera saliendo de Egipto.
Pero no contaba con una gran dificultad en su camino: el desierto. Caminando bajo el sol, muerto de sed, sintió cómo iba perdiendo sus fuerzas hasta caer sobre la arena. Y pasaron las horas, o incluso días, hasta que de pronto despertó al escuchar el sonido de un rebaño y unas voces a su alrededor. Abrió los ojos y se encontró con un grupo de nómadas inclinados sobre él que lo observaban. Un hombre del grupo reconoció a Sinuhé, a quien había conocido en Egipto, y ordenó que le dieran de comer y de beber, invitándole a unirse a la caravana. De manera que accedió y les acompañó por el desierto ganándose el cariño de todos rápidamente.
El príncipe beduino Amunenshi había oído hablar de Sinuhé y requirió su presencia para proponerle que se quedara bajo su amparo, como ya habían hechos muchos otros egipcios.
-¿Por qué te fuiste de Egipto? ¿Ha ocurrido algo grave en tu tierra? -preguntó el príncipe Amunenshi.
Sinuhé le contó sobre la muerte del faraón y su temor a caer en desgracia. Y para no parecer un traidor, dado que se encontraban numerosos egipcios acogidos en la corte de Amunenshi, contestó:
-El primogénito del rey regresó a palacio y sin duda gobierna Egipto. Yo sólo he temido por mi vida, y por eso me he marchado.
Amunenshi quedó satisfecho con sus respuestas, y a partir de entonces Sinuhé se quedó en su Corte, quien rápidamente fue querido por todos. Se casó con la hija mayor del príncipe, y recibió como regalo las tierras más fértiles del oasis.
Sinuhé se convirtió en uno de los hombres más ricos y poderosos, llegando a ser jefe de una tribu. Incluso fue nombrado general de los ejércitos, ganando grandes batallas. Y de este modo, su fama se fue extendiendo.
Pero también existían hombres envidiosos. Y así fue que uno de los mejores guerreros de Retenu que sentía celos de Sinuhé se atrevió a desafiarle en combate.
Durante toda la noche, Sinuhé estuvo preparando sus armas. Todo el pueblo se había congregado nervioso para presenciar la lucha, pero la gran mayoría estaba a favor de Sinuhé.
El guerrero sirio era muy fuerte y valiente, y manejaba las armas con mucha habilidad. Sinuhé no era tan fuerte como él, pero era astuto y ágil. ¿Quién vencería el combate?.
El egipcio consiguió fácilmente esquivar las armas que el guerrero sirio arrojaba contra él, quedándose al poco tiempo sin armas con las que luchar, salvo con sus propias manos. El sirio se puso tan nervioso que se lanzó furioso contra Sinuhé, pero éste arrojó una flecha contra él venciéndolo.
El príncipe Amunenshi, y todo el pueblo, saltaban de alegría por la victoria de Sinuhé.
Sin embargo, Sinuhé no era del todo feliz. Pensaba a menudo en su tierra, Egipto, y cada vez se sentía más apenado. Su mayor deseo era regresar a Egipto para cuando muriera poder ser enterrado en su tierra. Esto era muy importante para un egipcio: ¿cómo su alma alcanzaría el reino de Osiris?
Y esta era su constante preocupación. Mientras cumplía con sus deberes como jefe de la tribu, en secreto invocaba a sus dioses pidiéndoles que permitieran su regreso a Egipto.
En Egipto reinaba con justicia el faraón Sesostris I, pero para ello había tenido que luchar duramente debido a las revueltas políticas. Por fin reinaba la paz.
A oídos del faraón llegaron noticias de Sinuhé a través de los viajeros egipcios que habían pasado por su casa, y le escribió pidiéndole su regreso a palacio y a su tierra, ya que sabía de su inocencia en el complot contra su padre.
Sinuhé, lleno de alegría, contestó a la carta de Su Majestad explicando sus temores y los motivos de su huída. Pasó el día repartiendo todos sus bienes entre sus hijos y se despidió de todos sus amigos, regresando a Egipto.
Sesostris I fue muy generoso con Sinuhé entregándole una enorme casa reformada que perteneció a un noble de la Corte y colmándole de bienes; y ordenó que le construyeran una magnífica tumba de piedra preparándole un merecido ajuar funerario para cuando le llegara el momento de su muerte.
Y así fue cómo Sinuhé el egipcio, colmado de honores y riquezas, esperó el momento de su muerte dichoso por encontrarse de nuevo en Egipto.
Leopoldo Alas Clarín, es junto con Benito Pérez Galdós, uno de los mejores novelistas del siglo XIX. Representante del realismo y naturalismo, traza con maestría una visión crítica contra la hipocresía religiosa y burguesa de su época. Clarín es por tanto, uno impulsores de la crítica literaria moderna española.
Hace mucho tiempo, Ra, el señor de todos los dioses, aún reinaba sobre la Tierra como faraón. Vivía en un enorme palacio a orillas del Nilo, y todos los habitantes de Egipto acudían a presentarle sus respetos. Los cortesanos no dudaban en complacerlo, y él pasaba el tiempo cazando, jugando y celebrando fiestas. ¡Una vida realmente placentera!
Pero un día llegó a palacio un cortesano que le contó una conversación que había oído. Thot, el dios de la sabiduría y la magia, le había dicho a la diosa Nut que algún día su hijo sería faraón de Egipto. Ra se puso muy furioso. Nadie salvo él era digno de ser faraón. Caminaba de un lado a otro gritando:
-¡Cómo se atreve Thot a decir eso! ¡Ningún hijo de Nut me destronará!
Reflexionó sobre ello largo tiempo, al cabo del cual, tras invocar sus poderes mágicos, lanzó la siguiente maldición:
“Ningún hijo de Nut nacerá en ningún día ni en ninguna noche de ningún año”.
La noticia pronto se extendió entre los dioses. Cuando Nut se enteró de la maldición. Se sintió muy apesadumbrada. Deseaba un hijo, pero sabía que la magia de Ra era muy poderosa. ¿Cómo podría romper el maleficio? La única persona que podía ayudarla era Thot, el más sabio de todos los dioses, así que fue a verlo.
Thot quería a Nut y, al verla llorar, decidió ayudarla.
-No puedo romper la maldición de Ra, pero puedo evitarla. Espera -le pidió.
Thot sabía que Jonsu, el dios Luna, era jugador, así que lo retó a una partida de senet. Jonsu no pudo resistirse y cedió al desafío.
-¡Oh, Thot! -exclamó-. ¡Tal vez seas el dios más sabio, pero yo soy el mejor jugador de senet! No he perdido ninguna partida. Jugaré contigo y te ganaré.
Los dos se sentaron a jugar. Thot comenzó ganando todas las partidas.
-Has tenido suerte, Thot -dijo Jonsu-. Apuesto una hora de mi luz a que te gano la siguiente partida.
¡Pero también perdió! Thot continuó ganando y Jonsu siguió apostando su luz hasta que Thot hubo conseguido una luz equivalente a la de cinco días.
Entonces Thot se puso en pie, dio las gracias a Jonsu y se fue llevándose la luz consigo.
-¡Menudo cobarde! -murmuró Jonsu-. Mi suerte empezaba a cambiar. ¡Habría ganado esta partida!
Thot colocó los cinco días entre el final de ese año y el comienzo del siguiente. En aquella época, un año tenía 12 meses de 30 días cada uno, lo que sumaba un total de 360 días.
Nut se sintió feliz cuando Thot le contó lo que había hecho. Como los cinco días no pertenecían a ningún año, sus hijos podrían nacer en esos días sin romper el maleficio de Ra.
El primer día Nut dio a luz a Osiris, que sería faraón después de Ra; el segundo día, a Harmachis, que está inmortalizado en la Esfinge; el tercer día, a Seth, que más tarde mataría a Osiris y se convertiría en faraón; el cuarto día, a Isis, que sería la esposa de Osiris; y el quinto día, a Neftis, que sería la esposa de Seth.
En cuanto a Jonsu, el dios Luna, quedó tan debilitado tras la partida que ya no pudo brillar con fuerza todo el tiempo. Aún hoy, la Luna sólo brilla toda entera durante unos cuantos días del mes, y ha de pasar el resto del tiempo recobrando fuerzas.
En un pequeño pueblo del Bajo Egipto vivía una joven de veinte años cuya belleza se asimilaba a la de una diosa. Su nombre era Nitocris.
Le gustaba ayudar a su padre que trabajaba como escriba de rebaños, contando cabezas de ganado y evitando las discusiones entre los ganaderos. Nitocris sabía leer, escribir y contar, y cuando su padre se jubilara, lo sustituiría.
Todos los chicos del pueblo y de los alrededores deseaban casarse con Nitocris, pero ella sólo compartiría su vida con un hombre al que amara con todo el corazón. Los jóvenes seguían insistiendo pero ella los rechazaba tajantemente. Su padre se extrañaba, incluso le proponía casamiento con el apuesto hijo del alcalde, pero ella no podía soportarlo.
Sus padres sólo deseaban la felicidad de la hermosa joven:
-Nitocris, solamente tú puedes elegir al hombre al que amarás como esposo.
La tarde estaba soleada y Nitocris salió a darse un baño al canal pensando que a esa hora nadie la molestaría. Se quitó las sandalias, se desvistió y se metió poco a poco en el agua que gozaba de una temperatura deliciosa. Estuvo nadando durante mucho tiempo.
Por allí cerca, los chicos cazaban o jugaban a la pelota. Cuando la joven volvió hacia la orilla, un chico le hizo señas con la mano ofreciéndole su ayuda para salir del agua. Se trataba del hijo del alcalde, que muy orgulloso, armado con un arco y unas flechas, le regalaba una liebre que había cazado.
-No quiero tus regalos. ¡Aléjate de mi! – dijo Nitocris.
-¡Ni hablar! Deseo hablarte. Sabes que yo seré tu marido -contestó el joven.
-¡Jamás! ¡Nunca me casaré contigo!
Nitocris iba en busca de sus sandalias, cuando escuchó el ruido de un aleteo. Un halcón bajó hacia el suelo a gran velocidad cogiendo una de sus sandalias con sus garras, y de nuevo subió al cielo.
Cuando el hijo del alcalde tensó su arco apuntando hacia el halcón, Nitocris gritó:
-¡No tires! El halcón es el animal sagrado del dios Horus, el protector del faraón. Nadie puede matarlo.
El joven se fue muy avergonzado por su acción.
Un poco más tarde se celebraba el consejo de ministros presidido por el faraón en el jardín del palacio. El rey continuaba soltero y esta situación no debía alargarse más. La Regla exigía que reinara junto a él una gran esposa real, pero ninguna le interesaba.
Estaba pensativo y no prestaba atención al ministro, cuando de repente el halcón se abalanzó hacia el rey y dejó caer algo en sus rodillas. Se trataba de una sandalia, la más bonita que jamás había visto. Rápidamente hizo llamar al jefe de guardia, y se dirigió a él enérgicamente:
-Envíe a sus hombres a todas las ciudades y pueblos y ordene que todas las muchachas se prueben la sandalia. ¡Encuentren a su dueña!
El hijo del alcalde iba hacia la casa de Nitocris, cuando vio a dos guardias cumpliendo el encargo del faraón. No dudó en preguntar qué ocurría, a lo que le respondieron amablemente. Sólo les quedaba visitar la última casa del pueblo que se encontraba al final de la calle. El chico, al reconocer la sandalia de Nitocris, trató de evitar que la encontraran. Pero en ese momento la muchacha salió de su casa portando un ramo de flores de loto. El guardia, al verla, quedó impresionado por su belleza, y al probarle la sandalia comprobó que era suya.
Nitocris atravesó los inmensos jardines de tamariscos, sicomoros y palmeras, llegando a una enorme sala del palacio. El suelo estaba decorado con azulejos en forma de lotos y en las paredes se representaban preciosas pinturas con escenas de caza. Allí, en su trono, estaba sentado el faraón de Egipto.
La joven se arrodilló ante el faraón como muestra de admiración y respeto. El rey, portando sus insignias reales, la tomó de la mano y la ayudó a levantarse. Admirado por su belleza, el faraón le calzó la sandalia que le había hecho llegar el halcón. Nitocris era la esposa elegida por los dioses, y ella se había enamorado del faraón.
-Reinarás en Egipto junto a mí como Gran Esposa Real. Mandaré construir para ti una pirámide que inmortalizará nuestro amor y hará brillar tu nombre para siempre.
Luis Coloma Roldán nace en Jerez de la Frontera un 9 de enero de 1851.
Jesuita, escritor y periodista español.
Muere en Madrid un 14 de abril de 1915.
A finales del siglo XIX, desde Palacio le pidieron al padre Coloma que escribiera un cuento cuando a Alfonso XIII, que entonces tenía 8 años, se le cayó un diente. Al jesuita se le ocurrió la historia del Ratón Pérez protagonizada por el rey Bubi, que era como la Reina Doña María Cristina llamaba a su hijo, el futuro Alfonso XIII.
Horus, el hijito de Isis y Osiris, tuvo una infancia llena de peligros. Nuestro pequeño nació en los sagrados pantanales de Tshemmis, lugar donde estaría a salvo de su tío Seth.
Un día, cuando Isis y su pequeñín se encontraban fuera de los pantanales, fueron secuestrados por Seth.
Nuestra bella diosa fue encerrada en una casa de hiladas con su hijo.
Thot al poco tiempo se enteró del lugar donde se encontraban. Entró sin ser visto y le dijo a Isis:
-¡Rápidamente! ¡Regresen a los sagrados pantanales de Tshemmis!
De nuevo, nuestro sabio se dirigió a Isis y le explicó:
-Allí no podrá seguirlos Seth. Estarán a salvo hasta que Horus sea más mayor y pueda acceder al trono de su padre.
Dicho esto, le entregó a la diosa siete escorpiones mágicos para que los protegieran durante el camino de regreso a los sagrados pantanales.
Isis estaba agotada después de haber estado toda la noche andando con su hijito a cuestas. Ya llevaba medio día sin poder casi ni andar. Se detuvo delante de una casa para buscar cobijo y descanso. Les abrió la puerta una mujer, la cual al ver los escorpiones, cerró de inmediato la puerta y no los dejó pasar. Era una mujer con muchas riquezas, pero ni se detuvo a escucharlos.
Un poco más adelante, la hija de un pescador muy pobre compartió con ellos la poca comida que tenía y su humilde choza.
Cuando Isis y Horus descansaban en aquella cabaña, los siete escorpiones no paraban de criticar a la señora rica que no había querido ayudarlos. Se fueron hacia la casa de ésta con el propósito de envenenar a su hijo. Unieron el veneno de todos en el aguijón de su jefe, Tefen, e hicieron lo que se habían propuesto.
La señora cogió a su hijo en brazos y se fue de su casa buscando ayuda.
Isis se enteró de lo ocurrido, y dijo pensando en su pequeño:
-No voy a consentir que muera por mi culpa un inocente bebé.
La diosa hizo venir a la mujer, y dijo:
-¡Que Horus esté sano para mí y que este pequeño esté sano para su madre!
También añadió:
-Soy Isis, la Gran Madre, y con mis poderes haré que el veneno se muera y el pequeño viva.
La mujer no sabía cómo agradecérselo a la diosa y tomó todas las cosas más valiosas que tenía y se las entregó a la hija del pescador.
Nuestra Isis se puso muy contenta.
Al poco tiempo ya se encontraban en los pantanales de Tshemmis.
Isis escondió a su bebé entre las malezas de papiro y salió a buscar comida.
Esta vez no dejó a ningún guardián con Horus, pensando que no le ocurriría nada en aquel sitio tan tranquilo. Pero cuando regresó su hijo estaba muy grave y la magia de Isis fallaba porque no sabía qué enfermedad tenía su niño. Isis se alarmó y no tenía a quién recurrir pues su marido estaba muerto, y los dioses estaban lejos.
Pronto recordó que había un pueblecito cerca de donde se encontraban y corriendo fue hacia allí en busca de ayuda.
Isis no hacía más que gritar, estaba muy angustiada. A los pocos minutos apareció una anciana, en la cual se reflejaba, al mirarla, una gran sabiduría. Tenía en las manos el amuleto del “Signo de la Vida o anj”. Se acercó a nuestra diosa y le dijo:
-Seth no puede entrar en los sagrados pantanales, pero seguro que ha mandado a una criatura venenosa. Ha podido ser una serpiente o cualquier otro ser.
La anciana se quedó mirando a la diosa y ésta se dio cuenta de que tenía razón: «Nuestro Harpócrates había sido envenenado»
Horus lloraba y lloraba.
Poco después aparecieron allí Neftis, hermana de Isis, junto a Selkis, la diosa escorpión.
-¡Isis, no pierdas tiempo! ¡Horus se está muriendo! Tienes que detener la Barca del Sol, así el viento cósmico no soplará y el tiempo se detendrá hasta que nuestro pequeño sane.
Isis sabía que tenía mucho poder, pues ella era la única que sabía el nombre secreto de Ra.
Miró hacia el cielo y logró detener la Barca del Sol.
Ra estaba muy alarmado porque se dio cuenta de que algo muy grave estaba pasando, pues la Barca del Sol no avanzaba. Se dirigió a Thot para pedirle que fuera a Egipto a enterarse de qué estaba ocurriendo. El sabio dios enseguida cumplió con los deseos de nuestro Rey de los Dioses.
-Isis, ¿qué ha pasado? -preguntó Thot.
-Horus está muriéndose. Seth es el culpable. Ha mandado una criatura para envenenarlo -contestó Isis.
Thot, dirigiéndose a Isis y a Neftis, respondió:
-Tranquilícense.
Entonces mi sabio Thot empezó a recitar una serie de palabras mágicas y terminó diciendo:
-¡Veneno! Ra te ordena salir de este pequeño. La Barca del Sol no podrá seguir avanzando y la mitad del mundo se quemará y la otra mitad se encontrará en la más profunda oscuridad hasta que Horus sane.
Seguidamente Harpócrates sanó.
Thot tuvo que regresar al cielo pues sin él los demás dioses no podían remar. Ra se puso muy contento al saber las buenas noticias que le traía Thot.
Isis abrazó a nuestro Horus el Niño.
A partir de entonces nuestra bella divinidad puso todas sus esperanzas en su hijo. Lo educó para que más adelante vengara a su maléfico tío Seth que fue también el responsable de la muerte de su padre, Osiris.
El ermitaño y el buscador
Cuento anónimo hindú
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración: 3 minutos
Música: Blancheneige Bazaar Orchestra (cc:by-sa)
Escuchar cuento:
Se trataba de un genuino buscador extranjero. Llevaba muchos años de búsqueda incansable, rastreando inquebrantablemente la Verdad. Había leído las escrituras de todas las religiones, había seguido numerosas vías místicas, había puesto en práctica no pocas técnicas de autodesarrollo y había escuchado a buen número de maestros; pero seguía buscando. Dejó su país y se trasladó a la India.
Viajó sin descanso. Había ido de un estado a otro y de ciudad en ciudad, indagando, buscando, anhelando encontrar. Un día llegó a un pueblo y preguntó si había algún maestro con el que entrar en contacto. Le comunicaron que no había ningún maestro, pero que en una montaña cercana habitaba un ermitaño. El hombre se dirigió a la montaña con el propósito de hallar al ermitaño. Comenzó a ascender por una de sus laderas. De súbito, observó que el ermitaño bajaba por el mismo sendero por el que él subía. Cuando estaban a punto de cruzarse e iba a preguntarle el mejor modo para acelerar el proceso hacia la liberación, el ermitaño dejó caer en el suelo un saco que llevaba a sus espaldas. Se hizo un silencio profundo, estremecedor, total y perfecto. El ermitaño clavó sus ojos, sutiles y elocuentes, en los del buscador. ¡Qué mirada aquella!
Luego, el ermitaño cogió de nuevo el saco, lo cargó a su espalda y prosiguió la marcha. Ni una palabra, ni un gesto, pero ¡qué mirada aquella! El buscador, de repente, comprendió en lo más profundo de sí mismo. No se trataba de una comprensión intelectual, sino inmensa y visceral.
Cantigas…., mujeres…., glorias…., felicidad…., mentira todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, ¿para qué? Para encontrar un rayo de luna. Y en la Rima LXIX, La gloria y el amor tras que corremos, sombras de un sueño son que perseguimos, ¡Despertar es morir!
The Masque of the Red Death, La máscara de la muerte roja (1862) es un cuento gótico que no dejará impasible a nadie. La Muerte Rojaes una especie de plaga maldita, una peste capaz de matar a una persona en menos de media hora, tras hacerla padecer horribles dolores. Ante tal amenaza, Próspero y mil nobles más, se refugian en una abadía fuertemente amurallada para evitar el letal contagio. Pero una fatídica noche, tras un baile de máscaras, la Muerte Roja les hará una visita…
Un terrorífico relato que arroja pasiones y diferentes interpretaciones. Es realmente necesario observar cómo el estilo literario de Edgar Allan Poe ha influenciado y sigue haciéndolo, a tantos novelistas y cineastas de todos los tiempos.
Era un eremita de muy avanzada edad. Sus cabellos eran blancos como la espuma, y su rostro aparecía surcado con las profundas arrugas de más de un siglo de vida. Pero su mente continuaba siendo sagaz y despierta y su cuerpo flexible como un lirio. Sometiéndose a toda suerte de disciplinas y austeridades, había obtenido un asombroso dominio sobre sus facultades y desarrollado portentosos poderes psíquicos. Pero, a pesar de ello, no había logrado debilitar su arrogante ego. La muerte no perdona a nadie, y cierto día, Yama, el Señor de la Muerte, envió a uno de sus emisarios para que atrapase al eremita y lo condujese a su reino. El ermitaño, con su desarrollado poder clarividente, intuyó las intenciones del emisario de la muerte y, experto en el arte de la ubicuidad, proyectó treinta y nueve formas idénticas a la suya. Cuando llegó el emisario de la muerte, contempló, estupefacto, cuarenta cuerpos iguales y, siéndole imposible detectar el cuerpo verdadero, no pudo apresar al astuto eremita y llevárselo consigo. Fracasado el emisario de la muerte, regresó junto a Yama y le expuso lo acontecido.
Yama, el poderoso Señor de la Muerte, se quedó pensativo durante unos instantes. Acercó sus labios al oído del emisario y le dio algunas instrucciones de gran precisión. Una sonrisa asomó en el rostro habitualmente circunspecto del emisario, que se puso seguidamente en marcha hacia donde habitaba el ermitaño. De nuevo, el eremita, con su tercer ojo altamente desarrollado y perceptivo, intuyó que se aproximaba el emisario. En unos instantes, reprodujo el truco al que ya había recurrido anteriormente y recreó treinta y nueve formas idénticas a la suya.
El emisario de la muerte se encontró con cuarenta formas iguales.
Siguiendo las instrucciones de Yama, exclamó:
-Muy bien, pero que muy bien. ¡Qué gran proeza!
Y tras un breve silencio, agregó:
-Pero, indudablemente, hay un pequeño fallo.
Entonces el eremita, herido en su orgullo, se apresuró a preguntar:
-¿Cuál?
Y el emisario de la muerte pudo atrapar el cuerpo real del ermitaño y conducirlo sin demora a las tenebrosas esferas de la muerte.
Se trataba de un hombre que nunca había tenido ocasión de ver el mar.Vivía en un pueblo del interior de la India. Una idea se había instalado con fijeza en su mente: “No podía morir sin ver el mar”. Para ahorrar algún dinero y poder viajar hasta la costa, tomó otro trabajo además del suyo habitual. Ahorraba todo aquello que podía y suspiraba porque llegase el día de poder estar ante el mar.
Fueron años difíciles. Por fin, ahorró lo suficiente para hacer el viaje. Tomó un tren que lo llevó hasta las cercanías del mar. Se sentía entusiasmado y gozoso. Llegó hasta la playa y observó el maravilloso espectáculo. ¡Qué olas tan mansas! ¡Qué espuma tan hermosa! ¡Qué agua tan bella! Se acercó hasta el agua, cogió una poca con la mano y se la llevó a los labios para degustarla. Entonces, muy desencantado y abatido, pensó: “!Qué pena que pueda saber tan mal con lo hermosa que es!”
La fábula es un género literario cultivado desde antiguo; suele ser un relato breve que trata principalmente sobre animales personificados. Al final siempre se desprende una moraleja.
Fabulistas famosos son Esopo (siglo VII a.C), La Fontaine (1722-1795) o los españoles Samaniego (1745-1801) e Iriarte (1750-1791).
Por un sinuoso camino y a gran velocidad, un hombre borracho conducía su carro. De repente, perdió el control del carro, se salió del trayecto y se precipitó contra una charca pestilente. Varias personas, al ver el accidente, corrieron al lugar y ayudaron a incorporarse al conductor.
No podía ocultar su borrachera y, entonces, uno de sus auxiliadores le dijo:
-Pero, ¿es que no ha leído usted el célebre tratado de Naraín Gupta extendiéndose sobre los efectos perjudiciales del alcohol?
Y el ebrio conductor, sin dejar de hipar, tartamudeó:
Joseph Rudyard Kipling nace en Bombay en 1865. Poeta, novelista y ensalzador del Imperio Británico.
Muere en Londres, un 16 de enero de 1936. Los constructores de puentes es un relato fantástico y a la vez oscuro que nos describe la abnegación de los británicos y de los nativos para tender un puente sobre el sagrado y divino Ganges. Un ejemplo más de la vida de los ingleses en la India colonial bellamente descrito y acompañado del misterio aventurero que mejor saber imprimir a sus relatos, Rudyard Kipling. Estamos seguros que esta cuidada adaptación sonora será del agrado de todos.