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El flautista de Hamelín

octubre 10, 2012 — 1 Comentario

Flautista de HamelinEl flautista de Hamelín
Hermanos Grimm
Voz: Alex Rodríguez
Duración: 5 minutos
Música: Lavozdeturelato.com
Fuente del texto: Ciudad Seva
Producción: Lavozdeturelato.com
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Creative Commons Atribución Compartir-Igual 3.0.

Les presentamos una maravillosa adaptación sonora del cuento documentado por los Hermanos Grimm, El flautista de Hamelín. Se trata de una antigua leyenda anónima que narra la historia de un pueblo infectado por hambrientos roedores. Gracias a nuestro enigmático protagonista y a su flauta mágica, las ratas abandonarán la villa, pero la reina de Hamelín, que era muy tacaña, no cumplió su parte del trato… así que el flautista, decidió vengarse…

Nuestro más sincero agradecimiento a la http://lavozdeturelato.com/.

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Lazarillo de Tormes

junio 14, 2011 — 2 comentarios

Audiolibro Lazarillo de TormesLa vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades
Voz: Sacha Criado Damez
Duración: 2 horas 16 minutos
Selección musical: Mercedes Menchero
FX: Audiolibro.org

 

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En la España de Carlos V, quien andaba escaso de recursos y no quería trabajar tenía dos posibilidades: marcharse a América o vegetar en las grandes ciudades, viviendo de ingenio, astucia y simpatía, engañando a unos, hurtando a otros, sirviendo a los menos y aprovechándose de los más. Poco a poco fue siendo conocido con el nombre de pícaro al que tal afán de vivir en perpetua holganza tenía, y su clase fue muy numerosa, hasta el punto de que dio lugar a un género literario: la novela picaresca.
Pero los pícaros no fueron siempre los mismos. Cuando llegó a España la desilusión, y desapareció el mito de América y de las conquistas, el pícaro se tornó amargo, desesperanzado, despreciable y despreciado por la sociedad, y la novela picaresca lo pintó entonces tal cual era, distinto de aquel otro que esperaba siempre una oportunidad de mejorar; El lazarillo de Tormes, El pícaro Guzmán de Alfarache y la Vida del Buscón son las novelas más famosas sobre la picaresca, y cada una de ellas presenta a un pícaro diferente, como diferente era la España en que vivió cada uno de ellos.
Lázaro es el pícaro de la primera novela de este género, aparecida en 1554 con el título de Vida de lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades. No se sabe quién es su autor, pues aunque ha habido quien la ha atribuido a don Diego Hurtado de Mendoza, se ha demostrado que esto es falso, y por tanto la obra sigue siendo anónima.
En ella, Lázaro nos cuenta, en forma autobiográfica, todas las aventuras de su mísera y desventurada vida. Su padre, que era ladrón, y su madre, ligera de costumbres, lo confían a un ciego, al que abandona por su crueldad. De amo en amo, a cada cual más avariento, vanidoso y embaucador, Lázaro pasa hambre, recibe palos y no llega a medrar. Al final consigue el cargo de pregonero, en Toledo, y se casa con la hija de un arcipreste. El anónimo autor describe por boca de Lázaro el carácter de diversos amos que no son sino tipos que vivían entonces, a los que critica con sana ironía y describe con sobriedad, en un estilo vivo y espontáneo.

La novela picaresca nació en el siglo XVI con El lazarillo de Tormes, editado en Burgos en 1554. A fines de este siglo se publicó la Vida del pícaro Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, y en pleno siglo XVII, la Vida del buscón don Pablos, de Francisco de Quevedo.

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audiolibro literatura oriental audio-libro.comLas Mil y Una Noches:
Historia del mercader y el efrit
Cuento del primer jeique
Traducción de Vicente Blasco Ibáñez
Voz: Manuel Olarte Velasco
Duración: 13 Minutos
Música: Migel Konstantin and M. Westlund (cc:by-sa)
FX: Audiolibro.org

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Tercera entrega de la colección Las Mil y una noches que contiene dos capítulos más:

Primera Noche : Historia del mercader y el efrit (Arabian Nights)

Cuento del primer jeique.

Las Mil y una noches es quizá la obra más representativa de la Literatura Oriental y que más ha repercutido en las literaturas del mundo occidental, ya que contiene una extensa fuente de relatos, fábulas, leyendas e historias fantásticas que han servido de inspiración a muchos autores de ayer y de hoy.

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Las alas robadas

noviembre 6, 2009 — Deja un comentario

alasLas alas robadas
Cuento anónimo africano
Voz: Lola Acevedo
Duración: 9 Minutos
Música: Tom Fahy and Sikos (cc:by-sa)
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Érase una vez un príncipe llamado Sakaye Macina que viajaba por placer. Y he aquí que llegó a una ciudad en un día de feria.
Al apearse de su caballo oyó a un viejo que voceaba:
-¿Quién quiere, por una jornada de trabajo, ganar cien monedas de oro?
Sakaye se acercó al anciano y le dijo:
-Yo estoy dispuesto a trabajar todo un día por ese salario.
El viejo era un guinarú que frecuentaba los mercados con el único propósito de engañar a algún forastero y llevárselo a su choza para comérselo.
Respondió:
-Pues bien, Sakaye Macina. Deja tu caballo aquí y ven conmigo hasta el pie de aquella alta montaña. Allí encontrarás la faena que has de hacer.
Sakaye siguió, sin pronunciar palabra, al guinarú, que había tomado el camino de la montaña indicado. Así que llegaron a las estribaciones del monte altísimo, el guinarú dijo:
-Sube a la cúspide. Arriba hallarás a tus compañeros ocupados ya en la labor.
-Pero, ¿por dónde puedo escalar la cima? -preguntó Sakaye-. No veo la posibilidad. ¡Si está cortada casi a cuchillo!
-Yo te proporcionaré una montura que te llevará a destino -respondió el viejo guinarú.
Palmoteo éste y al punto apareció una tórtola gigantesca ensillada.
-Monta este corcel -ordenó el viejo.
Sakaye obedeció y el pájaro se elevó hasta la cima de la alta montaña. Una vez allí, depositó a su jinete sobre una enorme roca y desapareció.
Sakaye miró en derredor y vio una choza amarilla. Esta choza era de oro puro.
Se aproximó y con asombro observó a un anciano cuyos ojos eran tan grandes y amarillos como el sol de mediodía.
Y divisó, cuando se dirigía hacia este viejo, a lo lejos y por encima de él, el Universo entero, pues la montaña sobre la cual se encontraba era la más alta de toda la tierra.
Muy cerca de este viejo de “los ojos de sol” vio una gran cantidad de cráneos humanos esparcidos por el suelo.
Preguntó al viejo de quién era la choza de oro y quién había matado a los dueños de aquellos cráneos.
Le preguntó también por qué razón un hombre tan viejo como él se encontraba en un lugar tan espantoso, mayormente cuando, según todas las apariencias, era el único ser que moraba en aquella soledad altísima.
-Sakaye Macina -respondió el anciano- yo soy el guardián de esta choza. Los que aquí habitan son yébem, devoradores de hombres. ¡He aquí que tú estás en poder de ellos y no te escaparás! El padre de ellos te ha encontrado en el mercado y te sedujo con la esperanza de poseer el oro que te ofreció por un jornal. En consecuencia, espera aquí tu fin, porque dentro de un instante caerás en sus manos, donde hallarás la muerte. Te devorarán tan pronto el yébem que te ha encontrado esté de regreso. ¡Y no tardará mucho!
-¿Tú también eres un devorador de hombres? -le preguntó Sakaye.
-¿Yo? -exclamó el anciano-. ¡No! Yo soy un yébem, pero en ningún modo de los devoradores de hombres. Yo pertenezco a otra raza diferente. Me obligan a permanecer aquí en virtud de un sortilegio que me priva del uso de las piernas; a no ser por esto, hace mucho tiempo que habría regresado al lado de los míos. Delante de la choza les sirvo de guardián y me es imposible escapar.
-Muy bien, anciano. ¿Y dónde están en este momento esos ogros propietarios de la choza de oro y dueños de tus piernas?
-Están de caza y volverán al mismo tiempo que su padre, a quien tú ya conoces.
-Entonces, ¿ahora no hay nadie en la vivienda?
-Nadie, a excepción de unos yébem muy jóvenes que se distraen jugando a las conchas.
-Entraré, pues, y me esconderé en algún granero, en espera de la noche para escapar.
-Te suplico que no hagas tal cosa -gritó el viejo-. Tú serías la causa de mi perdición, pues los yébem, a su regreso, me matarían sin compasión al oler carne humana en su casa.
Sakaye, que sabía que el guinarú de los “ojos de sol” no podía nada contra él, porque el sortilegio le impedía el uso de las piernas, entró precipitadamente, sin hacer caso de sus advertencias y súplicas.
Al ver al intruso, los jóvenes yébem, que estaban jugando y se habían quitado las alas para estar más desembarazados, se asustaron y se metieron de un salto en un gran agujero que había en el centro de la guarida. Pero tuvieron tiempo de recoger sus alas.
Tan sólo la hermana, una muchacha muy jovencita, abandonó las suyas en la precipitación de la huida.
Cuando ella se encontró en medio de sus hermanos, éstos le dijeron:
-Pequeña, has dejado tus alas a la discreción del intruso. Anda por ellas, aunque ello te cueste la libertad. Debes intentar recuperarlas, pues jamás se ha dado el caso de que una yébem haya dejado sus alas en poder de un humano.
La joven yébem, a pesar de su espanto, regresó a la choza y, dirigiéndose a Sakaye, le dijo:
-¡Humano, yo te suplico que me devuelvas mis alas!
-Te las devolveré con una condición -respondió el príncipe-. Quiero que me lleves a mi pueblo.
-Te lo prometo -dijo ella.
Entonces Sakaye le devolvió las alas y ella se las puso en lugar adecuado. Hecho esto, el príncipe montó sobre la espalda de la joven yébem y voló tan alto, tan alto, que ya no podía distinguir siquiera la tierra.
Ella lo depositó delante de la puerta del palacio del rey y quiso, inmediatamente, regresar a la choza de la alta cumbre, pero Sakaye la retuvo a la fuerza. Para lograrlo, le quitó las alas y las escondió en los almacenes del rey.
Y acaeció luego, que la tomó por esposa. Desposados, vivieron así algunos años, y la joven yébem dio a luz tres hijos, todos derechos como un huso y lindos como flores.
A pesar de la alegría que ella sentía de ser madre, la yébem tenía el corazón apesadumbrado. Añoraba y sentía nostalgia de la soledad de las altas cumbres.
Una noche, mientras su marido y sus hijos dormían, se transformó en un ratoncillo y, por un diminuto agujero, penetró en el almacén de su suegro el rey. Cogió las alas y se las ajustó en los hombros. Luego, volvió para buscar a sus hijos, los ocultó bajo sus alas y, remontando el vuelo, se dirigió rauda hasta la montaña de sus amores.

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Sinhué

septiembre 21, 2009 — Deja un comentario

SinuheSinhué
Cuento anónimo egipcio
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración: 7 Minutos
Música: Blancheneige Bazaar Orchestra (cc:by-sa)

 

 

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En el palacio real reinaba el silencio. Su faraón Amenemhat I había muerto, y toda la Corte mostraba su respeto en señal de duelo. Aunque también se sentía una gran preocupación en el ambiente… ¿quién sucedería al rey?

El mayor de sus hijos, quien debía sucederle, se encontraba lejos de palacio al frente del ejército, protegiendo el país. Rápidamente partieron mensajeros en su busca para informarle, y así, Sesostris I decidió regresar apresuradamente.

Por su parte, los demás hijos del rey Amenemhat I querían sucederle al enterarse de su muerte.

Sinuhé, hombre de confianza del faraón, observó que un hombre informaba a uno de los príncipes. Amenemhat había sido víctima de un complot, siendo asesinado por unos cortesanos que bajo las órdenes de este príncipe burlaron la guardia. Sinuhé temía por su vida, creyendo que al no haberse enterado de esas malas intenciones y no poder informar al futuro sucesor (Sesostris I) como era su deber, sería castigado a pesar de su inocencia. Pensó entonces en marcharse de Egipto.

Y así lo hizo. Sinuhé esperó el momento apropiado y tras esconderse evitando a los oficiales y cortesanos, se dirigió hacia el Delta del Nilo. Por la noche, tras esquivar la vigilancia de los centinelas, cruzó la frontera saliendo de Egipto.

Pero no contaba con una gran dificultad en su camino: el desierto. Caminando bajo el sol, muerto de sed, sintió cómo iba perdiendo sus fuerzas hasta caer sobre la arena. Y pasaron las horas, o incluso días, hasta que de pronto despertó al escuchar el sonido de un rebaño y unas voces a su alrededor. Abrió los ojos y se encontró con un grupo de nómadas inclinados sobre él que lo observaban. Un hombre del grupo reconoció a Sinuhé, a quien había conocido en Egipto, y ordenó que le dieran de comer y de beber, invitándole a unirse a la caravana. De manera que accedió y les acompañó por el desierto ganándose el cariño de todos rápidamente.

El príncipe beduino Amunenshi había oído hablar de Sinuhé y requirió su presencia para proponerle que se quedara bajo su amparo, como ya habían hechos muchos otros egipcios.

-¿Por qué te fuiste de Egipto? ¿Ha ocurrido algo grave en tu tierra? -preguntó el príncipe Amunenshi.

Sinuhé le contó sobre la muerte del faraón y su temor a caer en desgracia. Y para no parecer un traidor, dado que se encontraban numerosos egipcios acogidos en la corte de Amunenshi, contestó:

-El primogénito del rey regresó a palacio y sin duda gobierna Egipto. Yo sólo he temido por mi vida, y por eso me he marchado.

Amunenshi quedó satisfecho con sus respuestas, y a partir de entonces Sinuhé se quedó en su Corte, quien rápidamente fue querido por todos. Se casó con la hija mayor del príncipe, y recibió como regalo las tierras más fértiles del oasis.

Sinuhé se convirtió en uno de los hombres más ricos y poderosos, llegando a ser jefe de una tribu. Incluso fue nombrado general de los ejércitos, ganando grandes batallas. Y de este modo, su fama se fue extendiendo.

Pero también existían hombres envidiosos. Y así fue que uno de los mejores guerreros de Retenu que sentía celos de Sinuhé se atrevió a desafiarle en combate.

Durante toda la noche, Sinuhé estuvo preparando sus armas. Todo el pueblo se había congregado nervioso para presenciar la lucha, pero la gran mayoría estaba a favor de Sinuhé.

El guerrero sirio era muy fuerte y valiente, y manejaba las armas con mucha habilidad. Sinuhé no era tan fuerte como él, pero era astuto y ágil. ¿Quién vencería el combate?.

El egipcio consiguió fácilmente esquivar las armas que el guerrero sirio arrojaba contra él, quedándose al poco tiempo sin armas con las que luchar, salvo con sus propias manos. El sirio se puso tan nervioso que se lanzó furioso contra Sinuhé, pero éste arrojó una flecha contra él venciéndolo.

El príncipe Amunenshi, y todo el pueblo, saltaban de alegría por la victoria de Sinuhé.

Sin embargo, Sinuhé no era del todo feliz. Pensaba a menudo en su tierra, Egipto, y cada vez se sentía más apenado. Su mayor deseo era regresar a Egipto para cuando muriera poder ser enterrado en su tierra. Esto era muy importante para un egipcio: ¿cómo su alma alcanzaría el reino de Osiris?

Y esta era su constante preocupación. Mientras cumplía con sus deberes como jefe de la tribu, en secreto invocaba a sus dioses pidiéndoles que permitieran su regreso a Egipto.

En Egipto reinaba con justicia el faraón Sesostris I, pero para ello había tenido que luchar duramente debido a las revueltas políticas. Por fin reinaba la paz.

A oídos del faraón llegaron noticias de Sinuhé a través de los viajeros egipcios que habían pasado por su casa, y le escribió pidiéndole su regreso a palacio y a su tierra, ya que sabía de su inocencia en el complot contra su padre.

Sinuhé, lleno de alegría, contestó a la carta de Su Majestad explicando sus temores y los motivos de su huída. Pasó el día repartiendo todos sus bienes entre sus hijos y se despidió de todos sus amigos, regresando a Egipto.

Sesostris I fue muy generoso con Sinuhé entregándole una enorme casa reformada que perteneció a un noble de la Corte y colmándole de bienes; y ordenó que le construyeran una magnífica tumba de piedra preparándole un merecido ajuar funerario para cuando le llegara el momento de su muerte.

Y así fue cómo Sinuhé el egipcio, colmado de honores y riquezas, esperó el momento de su muerte dichoso por encontrarse de nuevo en Egipto.

Los hijos de Nut

septiembre 7, 2009 — Deja un comentario

egipto3pequeLos hijos de Nut
Cuento anónimo egipcio
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración: 5 Minutos
Música: Slumdar
(cc:by-sa)
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Hace mucho tiempo, Ra, el señor de todos los dioses, aún reinaba sobre la Tierra como faraón. Vivía en un enorme palacio a orillas del Nilo, y todos los habitantes de Egipto acudían a presentarle sus respetos. Los cortesanos no dudaban en complacerlo, y él pasaba el tiempo cazando, jugando y celebrando fiestas. ¡Una vida realmente placentera!

Pero un día llegó a palacio un cortesano que le contó una conversación que había oído. Thot, el dios de la sabiduría y la magia, le había dicho a la diosa Nut que algún día su hijo sería faraón de Egipto. Ra se puso muy furioso. Nadie salvo él era digno de ser faraón. Caminaba de un lado a otro gritando:

-¡Cómo se atreve Thot a decir eso! ¡Ningún hijo de Nut me destronará!

Reflexionó sobre ello largo tiempo, al cabo del cual, tras invocar sus poderes mágicos, lanzó la siguiente maldición:

“Ningún hijo de Nut nacerá en ningún día ni en ninguna noche de ningún año”.

La noticia pronto se extendió entre los dioses. Cuando Nut se enteró de la maldición. Se sintió muy apesadumbrada. Deseaba un hijo, pero sabía que la magia de Ra era muy poderosa. ¿Cómo podría romper el maleficio? La única persona que podía ayudarla era Thot, el más sabio de todos los dioses, así que fue a verlo.

Thot quería a Nut y, al verla llorar, decidió ayudarla.

-No puedo romper la maldición de Ra, pero puedo evitarla. Espera -le pidió.

Thot sabía que Jonsu, el dios Luna, era jugador, así que lo retó a una partida de senet. Jonsu no pudo resistirse y cedió al desafío.

-¡Oh, Thot! -exclamó-. ¡Tal vez seas el dios más sabio, pero yo soy el mejor jugador de senet! No he perdido ninguna partida. Jugaré contigo y te ganaré.

Los dos se sentaron a jugar. Thot comenzó ganando todas las partidas.

-Has tenido suerte, Thot -dijo Jonsu-. Apuesto una hora de mi luz a que te gano la siguiente partida.

¡Pero también perdió! Thot continuó ganando y Jonsu siguió apostando su luz hasta que Thot hubo conseguido una luz equivalente a la de cinco días.

Entonces Thot se puso en pie, dio las gracias a Jonsu y se fue llevándose la luz consigo.

-¡Menudo cobarde! -murmuró Jonsu-. Mi suerte empezaba a cambiar. ¡Habría ganado esta partida!

Thot colocó los cinco días entre el final de ese año y el comienzo del siguiente. En aquella época, un año tenía 12 meses de 30 días cada uno, lo que sumaba un total de 360 días.

Nut se sintió feliz cuando Thot le contó lo que había hecho. Como los cinco días no pertenecían a ningún año, sus hijos podrían nacer en esos días sin romper el maleficio de Ra.

El primer día Nut dio a luz a Osiris, que sería faraón después de Ra; el segundo día, a Harmachis, que está inmortalizado en la Esfinge; el tercer día, a Seth, que más tarde mataría a Osiris y se convertiría en faraón; el cuarto día, a Isis, que sería la esposa de Osiris; y el quinto día, a Neftis, que sería la esposa de Seth.

En cuanto a Jonsu, el dios Luna, quedó tan debilitado tras la partida que ya no pudo brillar con fuerza todo el tiempo. Aún hoy, la Luna sólo brilla toda entera durante unos cuantos días del mes, y ha de pasar el resto del tiempo recobrando fuerzas.

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La sandalia de Nitocris

agosto 23, 2009 — 1 Comentario

sandaliasLa sandalia de Nitocris
Cuento anónimo egipcio
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración: 5:23
Música: Esgi (cc:by-sa)
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En un pequeño pueblo del Bajo Egipto vivía una joven de veinte años cuya belleza se asimilaba a la de una diosa. Su nombre era Nitocris.

Le gustaba ayudar a su padre que trabajaba como escriba de rebaños, contando cabezas de ganado y evitando las discusiones entre los ganaderos. Nitocris sabía leer, escribir y contar, y cuando su padre se jubilara, lo sustituiría.

Todos los chicos del pueblo y de los alrededores deseaban casarse con Nitocris, pero ella sólo compartiría su vida con un hombre al que amara con todo el corazón. Los jóvenes seguían insistiendo pero ella los rechazaba tajantemente. Su padre se extrañaba, incluso le proponía casamiento con el apuesto hijo del alcalde, pero ella no podía soportarlo.

Sus padres sólo deseaban la felicidad de la hermosa joven:

-Nitocris, solamente tú puedes elegir al hombre al que amarás como esposo.

La tarde estaba soleada y Nitocris salió a darse un baño al canal pensando que a esa hora nadie la molestaría. Se quitó las sandalias, se desvistió y se metió poco a poco en el agua que gozaba de una temperatura deliciosa. Estuvo nadando durante mucho tiempo.

Por allí cerca, los chicos cazaban o jugaban a la pelota. Cuando la joven volvió hacia la orilla, un chico le hizo señas con la mano ofreciéndole su ayuda para salir del agua. Se trataba del hijo del alcalde, que muy orgulloso, armado con un arco y unas flechas, le regalaba una liebre que había cazado.

-No quiero tus regalos. ¡Aléjate de mi! – dijo Nitocris.

-¡Ni hablar! Deseo hablarte. Sabes que yo seré tu marido -contestó el joven.

-¡Jamás! ¡Nunca me casaré contigo!

Nitocris iba en busca de sus sandalias, cuando escuchó el ruido de un aleteo. Un halcón bajó hacia el suelo a gran velocidad cogiendo una de sus sandalias con sus garras, y de nuevo subió al cielo.

Cuando el hijo del alcalde tensó su arco apuntando hacia el halcón, Nitocris gritó:

-¡No tires! El halcón es el animal sagrado del dios Horus, el protector del faraón. Nadie puede matarlo.

El joven se fue muy avergonzado por su acción.

Un poco más tarde se celebraba el consejo de ministros presidido por el faraón en el jardín del palacio. El rey continuaba soltero y esta situación no debía alargarse más. La Regla exigía que reinara junto a él una gran esposa real, pero ninguna le interesaba.

Estaba pensativo y no prestaba atención al ministro, cuando de repente el halcón se abalanzó hacia el rey y dejó caer algo en sus rodillas. Se trataba de una sandalia, la más bonita que jamás había visto. Rápidamente hizo llamar al jefe de guardia, y se dirigió a él enérgicamente:

-Envíe a sus hombres a todas las ciudades y pueblos y ordene que todas las muchachas se prueben la sandalia. ¡Encuentren a su dueña!

El hijo del alcalde iba hacia la casa de Nitocris, cuando vio a dos guardias cumpliendo el encargo del faraón. No dudó en preguntar qué ocurría, a lo que le respondieron amablemente. Sólo les quedaba visitar la última casa del pueblo que se encontraba al final de la calle. El chico, al reconocer la sandalia de Nitocris, trató de evitar que la encontraran. Pero en ese momento la muchacha salió de su casa portando un ramo de flores de loto. El guardia, al verla, quedó impresionado por su belleza, y al probarle la sandalia comprobó que era suya.

Nitocris atravesó los inmensos jardines de tamariscos, sicomoros y palmeras, llegando a una enorme sala del palacio. El suelo estaba decorado con azulejos en forma de lotos y en las paredes se representaban preciosas pinturas con escenas de caza. Allí, en su trono, estaba sentado el faraón de Egipto.

La joven se arrodilló ante el faraón como muestra de admiración y respeto. El rey, portando sus insignias reales, la tomó de la mano y la ayudó a levantarse. Admirado por su belleza, el faraón le calzó la sandalia que le había hecho llegar el halcón. Nitocris era la esposa elegida por los dioses, y ella se había enamorado del faraón.

-Reinarás en Egipto junto a mí como Gran Esposa Real. Mandaré construir para ti una pirámide que inmortalizará nuestro amor y hará brillar tu nombre para siempre.

También disponible en Ivoox, Podomatic o descúbrenos en Ning

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egipto2Harpócrates en peligro
Cuento anónimo egipcio
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración: 7 minutos
Música: Slumdar (cc:by-sa)

 

 

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Horus, el hijito de Isis y Osiris, tuvo una infancia llena de peligros. Nuestro pequeño nació en los sagrados pantanales de Tshemmis, lugar donde estaría a salvo de su tío Seth.

Un día, cuando Isis y su pequeñín se encontraban fuera de los pantanales, fueron secuestrados por Seth.

Nuestra bella diosa fue encerrada en una casa de hiladas con su hijo.

Thot al poco tiempo se enteró del lugar donde se encontraban. Entró sin ser visto y le dijo a Isis:

-¡Rápidamente! ¡Regresen a los sagrados pantanales de Tshemmis!

De nuevo, nuestro sabio se dirigió a Isis y le explicó:

-Allí no podrá seguirlos Seth. Estarán a salvo hasta que Horus sea más mayor y pueda acceder al trono de su padre.

Dicho esto, le entregó a la diosa siete escorpiones mágicos para que los protegieran durante el camino de regreso a los sagrados pantanales.

Isis estaba agotada después de haber estado toda la noche andando con su hijito a cuestas. Ya llevaba medio día sin poder casi ni andar. Se detuvo delante de una casa para buscar cobijo y descanso. Les abrió la puerta una mujer, la cual al ver los escorpiones, cerró de inmediato la puerta y no los dejó pasar. Era una mujer con muchas riquezas, pero ni se detuvo a escucharlos.

Un poco más adelante, la hija de un pescador muy pobre compartió con ellos la poca comida que tenía y su humilde choza.

Cuando Isis y Horus descansaban en aquella cabaña, los siete escorpiones no paraban de criticar a la señora rica que no había querido ayudarlos. Se fueron hacia la casa de ésta con el propósito de envenenar a su hijo. Unieron el veneno de todos en el aguijón de su jefe, Tefen, e hicieron lo que se habían propuesto.

La señora cogió a su hijo en brazos y se fue de su casa buscando ayuda.

Isis se enteró de lo ocurrido, y dijo pensando en su pequeño:

-No voy a consentir que muera por mi culpa un inocente bebé.

La diosa hizo venir a la mujer, y dijo:

-¡Que Horus esté sano para mí y que este pequeño esté sano para su madre!

También añadió:

-Soy Isis, la Gran Madre, y con mis poderes haré que el veneno se muera y el pequeño viva.

La mujer no sabía cómo agradecérselo a la diosa y tomó todas las cosas más valiosas que tenía y se las entregó a la hija del pescador.

Nuestra Isis se puso muy contenta.

Al poco tiempo ya se encontraban en los pantanales de Tshemmis.

Isis escondió a su bebé entre las malezas de papiro y salió a buscar comida.

Esta vez no dejó a ningún guardián con Horus, pensando que no le ocurriría nada en aquel sitio tan tranquilo. Pero cuando regresó su hijo estaba muy grave y la magia de Isis fallaba porque no sabía qué enfermedad tenía su niño. Isis se alarmó y no tenía a quién recurrir pues su marido estaba muerto, y los dioses estaban lejos.

Pronto recordó que había un pueblecito cerca de donde se encontraban y corriendo fue hacia allí en busca de ayuda.

Isis no hacía más que gritar, estaba muy angustiada. A los pocos minutos apareció una anciana, en la cual se reflejaba, al mirarla, una gran sabiduría. Tenía en las manos el amuleto del “Signo de la Vida o anj”. Se acercó a nuestra diosa y le dijo:

-Seth no puede entrar en los sagrados pantanales, pero seguro que ha mandado a una criatura venenosa. Ha podido ser una serpiente o cualquier otro ser.

La anciana se quedó mirando a la diosa y ésta se dio cuenta de que tenía razón: «Nuestro Harpócrates había sido envenenado»

Horus lloraba y lloraba.

Poco después aparecieron allí Neftis, hermana de Isis, junto a Selkis, la diosa escorpión.

-¡Isis, no pierdas tiempo! ¡Horus se está muriendo! Tienes que detener la Barca del Sol, así el viento cósmico no soplará y el tiempo se detendrá hasta que nuestro pequeño sane.

Isis sabía que tenía mucho poder, pues ella era la única que sabía el nombre secreto de Ra.

Miró hacia el cielo y logró detener la Barca del Sol.

Ra estaba muy alarmado porque se dio cuenta de que algo muy grave estaba pasando, pues la Barca del Sol no avanzaba. Se dirigió a Thot para pedirle que fuera a Egipto a enterarse de qué estaba ocurriendo. El sabio dios enseguida cumplió con los deseos de nuestro Rey de los Dioses.

-Isis, ¿qué ha pasado? -preguntó Thot.

-Horus está muriéndose. Seth es el culpable. Ha mandado una criatura para envenenarlo -contestó Isis.

Thot, dirigiéndose a Isis y a Neftis, respondió:

-Tranquilícense.

Entonces mi sabio Thot empezó a recitar una serie de palabras mágicas y terminó diciendo:

-¡Veneno! Ra te ordena salir de este pequeño. La Barca del Sol no podrá seguir avanzando y la mitad del mundo se quemará y la otra mitad se encontrará en la más profunda oscuridad hasta que Horus sane.

Seguidamente Harpócrates sanó.

Thot tuvo que regresar al cielo pues sin él los demás dioses no podían remar. Ra se puso muy contento al saber las buenas noticias que le traía Thot.

Isis abrazó a nuestro Horus el Niño.

A partir de entonces nuestra bella divinidad puso todas sus esperanzas en su hijo. Lo educó para que más adelante vengara a su maléfico tío Seth que fue también el responsable de la muerte de su padre, Osiris.

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buscadorEl ermitaño y el buscador
Cuento anónimo hindú
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración: 3 minutos
Música: Blancheneige Bazaar Orchestra (cc:by-sa)

 

 

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Se trataba de un genuino buscador extranjero. Llevaba muchos años de búsqueda incansable, rastreando inquebrantablemente la Verdad. Había leído las escrituras de todas las religiones, había seguido numerosas vías místicas, había puesto en práctica no pocas técnicas de autodesarrollo y había escuchado a buen número de maestros; pero seguía buscando. Dejó su país y se trasladó a la India.

Viajó sin descanso. Había ido de un estado a otro y de ciudad en ciudad, indagando, buscando, anhelando encontrar. Un día llegó a un pueblo y preguntó si había algún maestro con el que entrar en contacto. Le comunicaron que no había ningún maestro, pero que en una montaña cercana habitaba un ermitaño. El hombre se dirigió a la montaña con el propósito de hallar al ermitaño. Comenzó a ascender por una de sus laderas. De súbito, observó que el ermitaño bajaba por el mismo sendero por el que él subía. Cuando estaban a punto de cruzarse e iba a preguntarle el mejor modo para acelerar el proceso hacia la liberación, el ermitaño dejó caer en el suelo un saco que llevaba a sus espaldas. Se hizo un silencio profundo, estremecedor, total y perfecto. El ermitaño clavó sus ojos, sutiles y elocuentes, en los del buscador. ¡Qué mirada aquella!

Luego, el ermitaño cogió de nuevo el saco, lo cargó a su espalda y prosiguió la marcha. Ni una palabra, ni un gesto, pero ¡qué mirada aquella! El buscador, de repente, comprendió en lo más profundo de sí mismo. No se trataba de una comprensión intelectual, sino inmensa y visceral.

Otros cuentos orientales

El eremita astuto

agosto 10, 2009 — Deja un comentario

eremitaEl eremita astuto
Cuento anónimo hindú
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración: 5 Minutos
Música: Doc (cc:by-sa)

 

 

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Yama, el dios de la muerte

Era un eremita de muy avanzada edad. Sus cabellos eran blancos como la espuma, y su rostro aparecía surcado con las profundas arrugas de más de un siglo de vida. Pero su mente continuaba siendo sagaz y despierta y su cuerpo flexible como un lirio. Sometiéndose a toda suerte de disciplinas y austeridades, había obtenido un asombroso dominio sobre sus facultades y desarrollado portentosos poderes psíquicos. Pero, a pesar de ello, no había logrado debilitar su arrogante ego. La muerte no perdona a nadie, y cierto día, Yama, el Señor de la Muerte, envió a uno de sus emisarios para que atrapase al eremita y lo condujese a su reino. El ermitaño, con su desarrollado poder clarividente, intuyó las intenciones del emisario de la muerte y, experto en el arte de la ubicuidad, proyectó treinta y nueve formas idénticas a la suya. Cuando llegó el emisario de la muerte, contempló, estupefacto, cuarenta cuerpos iguales y, siéndole imposible detectar el cuerpo verdadero, no pudo apresar al astuto eremita y llevárselo consigo. Fracasado el emisario de la muerte, regresó junto a Yama y le expuso lo acontecido.

Yama, el poderoso Señor de la Muerte, se quedó pensativo durante unos instantes. Acercó sus labios al oído del emisario y le dio algunas instrucciones de gran precisión. Una sonrisa asomó en el rostro habitualmente circunspecto del emisario, que se puso seguidamente en marcha hacia donde habitaba el ermitaño. De nuevo, el eremita, con su tercer ojo altamente desarrollado y perceptivo, intuyó que se aproximaba el emisario. En unos instantes, reprodujo el truco al que ya había recurrido anteriormente y recreó treinta y nueve formas idénticas a la suya.

El emisario de la muerte se encontró con cuarenta formas iguales.

Siguiendo las instrucciones de Yama, exclamó:

-Muy bien, pero que muy bien. ¡Qué gran proeza!

Y tras un breve silencio, agregó:

-Pero, indudablemente, hay un pequeño fallo.

Entonces el eremita, herido en su orgullo, se apresuró a preguntar:

-¿Cuál?

Y el emisario de la muerte pudo atrapar el cuerpo real del ermitaño y conducirlo sin demora a las tenebrosas esferas de la muerte.

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El desencanto

agosto 9, 2009 — Deja un comentario

desencantoEl desencanto
Cuento anónimo hindú
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración 2:15
Música: Caerou (cc:by-sa)
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Se trataba de un hombre que nunca había tenido ocasión de ver el mar.Vivía en un pueblo del interior de la India. Una idea se había instalado con fijeza en su mente: “No podía morir sin ver el mar”. Para ahorrar algún dinero y poder viajar hasta la costa, tomó otro trabajo además del suyo habitual. Ahorraba todo aquello que podía y suspiraba porque llegase el día de poder estar ante el mar.

Fueron años difíciles. Por fin, ahorró lo suficiente para hacer el viaje. Tomó un tren que lo llevó hasta las cercanías del mar. Se sentía entusiasmado y gozoso. Llegó hasta la playa y observó el maravilloso espectáculo. ¡Qué olas tan mansas! ¡Qué espuma tan hermosa! ¡Qué agua tan bella! Se acercó hasta el agua, cogió una poca con la mano y se la llevó a los labios para degustarla. Entonces, muy desencantado y abatido, pensó: “!Qué pena que pueda saber tan mal con lo hermosa que es!”

Otros cuentos orientales


borrachoEl conductor borracho
Cuento hindú
Anónimo
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración 2 Minutos
Música: Caerou (cc:by-sa)
FX: Audiolibro.org
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Por un sinuoso camino y a gran velocidad, un hombre borracho conducía su carro. De repente, perdió el control del carro, se salió del trayecto y se precipitó contra una charca pestilente. Varias personas, al ver el accidente, corrieron al lugar y ayudaron a incorporarse al conductor.

No podía ocultar su borrachera y, entonces, uno de sus auxiliadores le dijo:

-Pero, ¿es que no ha leído usted el célebre tratado de Naraín Gupta extendiéndose sobre los efectos perjudiciales del alcohol?

Y el ebrio conductor, sin dejar de hipar, tartamudeó:

-Yo soy Naraín Gupta.

Un conductor borracho

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batqueroEl barquero inculto
Cuento hindú
Anónimo
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración 4 Minutos
Música: Blancheneige Bazaar Orchestra (cc:by-sa)
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Se trataba de un joven erudito, arrogante y engreído. Para cruzar un caudaloso río de una a otra orilla tomó una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:

-Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?

-No, señor -repuso el barquero.

-Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida.

Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero:

-Dime, barquero, ¿has estudiado botánica?

-No, señor, no sé nada de plantas.

-Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida -comentó el petulante joven.

El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:

-Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas. ¿Sabes, por cierto, algo de la naturaleza del agua?

-No, señor, nada sé al respecto. No sé nada de estas aguas ni de otras.

-¡Oh, amigo! -exclamó el joven-. De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.

Súbitamente, la barca comenzó a hacer agua. No había forma de achicar tanta agua y la barca comenzó a hundirse. El barquero preguntó al joven:

-Señor, ¿sabes nadar?

-No -repuso el joven.

-Pues me temo, señor, que has perdido toda tu vida.

El atolladero

julio 20, 2009 — 2 comentarios

El atolladero

El atolladero
Cuento hindú
Anónimo
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración: 3 Minutos
Música: Blancheneige Bazaar Orchestra (cc:by-sa)
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He aquí que un hombre entró en una pollería. Vio un pollo colgado y, dirigiéndose al pollero, le dijo:

-Buen hombre, tengo esta noche en casa una cena para unos amigos y necesito un pollo. ¿Cuánto pesa este?

El pollero repuso:

-Dos kilos, señor.

El cliente meció ligeramente la cabeza en un gesto dubitativo y dijo:

-Este no me vale entonces. Sin duda, necesito uno más grande.

Era el único pollo que quedaba en la tienda. El resto de los pollos se habían vendido. El pollero, empero, no estaba dispuesto a dejar pasar la ocasión. Cogió el pollo y se retiró a la trastienda, mientras iba explicando al cliente:

-No se preocupe, señor, enseguida le traeré un pollo mayor.

Permaneció unos segundos en la trastienda. Acto seguido apareció con el mismo pollo entre las manos, y dijo:

-Éste es mayor, señor. Espero que sea de su agrado.

-¿Cuánto pesa éste? -preguntó el cliente.

-Tres kilos -contestó el pollero sin dudarlo un instante.

Y entonces el cliente dijo:

-Bueno, me quedo con los dos.


ascetaEl asceta y la Prostituta
Cuento anónimo hindú
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración 5 Minutos
Música: Blancheneige Bazaar Orchestra (cc:by-sa)
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Colección: Cuentos orientales

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Descargar Gratis : El asceta y la prostituta

Era un pueblo en el que vivían, frente a frente, un asceta y una prostituta. El asceta llevaba una vida de penitencia y rigor, apenas comiendo y durmiendo en una mísera choza. La mujer era visitada muy frecuentemente por hombres. Un día el asceta increpó a la prostituta:

-¿Qué forma de vida es la tuya, mujer perversa? Estás corrompida y corrompes a los demás. Insultas a Dios con tu comportamiento.

La mujer se sintió muy triste. En verdad deseaba llevar otra forma de vida, pero era muy difícil dadas sus condiciones. Aunque no podía cambiar su modo de conseguir unas monedas, se apenaba y lamentaba de tener que recurrir a la prostitución, y cada vez que era tomada por un hombre, dirigía su mente hacia el Divino. Por su parte, el asceta comprobó con enorme desagrado que la mujer seguía siendo visitada por toda clase de individuos. Adoptó la medida de coleccionar un guijarro por cada individuo que entrara en la casucha de la prostituta. Al cabo de un tiempo, tenía un buen montón de guijarros. Llamó a la prostituta y la recriminó:

-Mujer, eres terrible. ¿Ves estos guijarros? Cada uno de ellos suma uno de tus abominables pecados.

La mujer sintió gran tribulación.

Deseó profundamente que Dios la apartase de ese modo de vida, y, unas semanas después, la muerte se la llevaba. Ese mismo día, por designios del inexorable destino, también murió el asceta, y he aquí que la mujer fue conducida a las regiones de la luz sublime y el asceta a las de las densas tinieblas. Al observar dónde lo llevaban, el asceta protestó enérgica y furiosamente por la injusticia que Dios cometía con él. Un mensajero del Divino le explicó:

-Te quejas de ser conducido a las regiones inferiores a pesar de haber gastado tu vida en austeridades y penitencias, y de que, en cambio, la mujer haya sido conducida a las regiones de la luz. Pero, ¿es que no comprendes que somos aquello que cosechamos? Echa un vistazo a la tierra. Allí yace tu cuerpo, rociado de perfume y cubierto de pétalos de rosa, honrado por todos, cortejado por músicos y plañideras, a punto para ser incinerado con todos los honores. En cambio, mira el cuerpo de la prostituta, abandonado a los buitres y chacales, ignorado por todos y por todos despreciado. Pero, sin embargo, ella cultivó pureza y elevados ideales para su corazón pensando en Dios constantemente, y tú, por el contrario, de tanto mirar el pecado, teñiste tu alma de impurezas. ¿Comprendes, pues, por qué cada uno de ustedes va a una región tan diferente?

Fuente del texto: Ciudad Seva

El asceta y la prostituta : Anónimo hindú

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Más Filosofía Oriental


arteObservEl arte de la observación
Cuento hindú
Anónimo
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración 3:30
Música: Caerou (cc:by-sa)
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El discípulo llegó hasta el maestro y le dijo:

-Guruji, por favor, te ruego que me impartas una instrucción para aproximarme a la verdad. Tal vez tú dispongas de alguna enseñanza secreta.

Después de mirarle unos instantes, el maestro declaró:

-El gran secreto está en la observación. Nada escapa a una mente observadora y perceptiva. Ella misma se convierte en la enseñanza.

-¿Qué me aconsejas hacer?

-Observa -dijo el gurú-. Siéntate en la playa, a la orilla del mar, y observa cómo el sol se refleja en sus aguas. Permanece observando tanto tiempo como te sea necesario, tanto tiempo como te exija la apertura de tu comprensión.

Durante días, el discípulo se mantuvo en completa observación, sentado a la orilla del mar. Observó el sol reflejándose sobre las aguas del océano, unas veces tranquilas, otras encrespadas. Observó las leves ondulaciones de sus aguas cuando la mar estaba en calma y las olas gigantescas cuando llegaba la tempestad. Observó y observó, atento y ecuánime, meditativo y alerta. Y así, paulatinamente, se fue desarrollando su comprensión.Su mente comenzó a modificarse y su conciencia a hallar otro modo mucho más rico de percibir.El discípulo, muy agradecido, regresó junto al maestro.

-¿Has comprendido a través de la observación? -preguntó el maestro.

-Sí -repuso satisfecho el discípulo-. Llevaba años efectuando los ritos, asistiendo a las ceremonias más sagradas, leyendo las escrituras, pero no había comprendido. Unos días de observación me han hecho comprender.El sol es nuestro ser interior, siempre brillante, autoluminoso, inafectado. Las aguas no lo mojan y las olas no lo alcanzan; es ajeno a la calma y la tempestad aparentes.Siempre permanece, inalterable, en sí mismo.

-Esa es una enseñanza sublime -declaró el gurú-, la enseñanza que se desprende del arte de la observación.


1001_2Las mil y una noches
Fábulas del asno, el buey y el labrador
Anónimo
Voz: Lola Acevedo Diaz
Duración: 12 Minutos
Música: Mattias Westlund (cc:by)
FX: Audio-libro.com

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Segundo cuento extraído de Las mil y una noches.

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La primera traducción completa de los cuentos de Las Mil y una noches se publicó por primera vez en Francia en el siglo XVIII, exactamente en 1704, gracias al orientalista y arqueólogo galo Antoine Galland.

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El anciano y el niño

junio 23, 2009 — 1 Comentario

orientEl anciano y el niño
Cuento hindú
Anónimo
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración: 2 Minutos
Música: Mertruve (cc:by-sa)
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El anciano y el niño

Entonces el anciano se subió al burro y prosiguieron la marcha. Llegaron a otro pueblo y, al pasar por el mismo, algunas personas se llenaron de indignación cuando vieron al viejo sobre el burro y al niño caminando al lado. Dijeron:

-¡Parece mentira! ¡Qué desfachatez! El viejo sentado en el burro y el pobre niño caminando.

Al salir del pueblo, el anciano y el niño intercambiaron sus puestos.

Siguieron haciendo camino hasta llegar a otra aldea. Cuando las gentes los vieron, exclamaron escandalizados:

-¡Esto es verdaderamente intolerable! ¿Han visto algo semejante? El muchacho montado en el burro y el pobre anciano caminando a su lado.

-¡Qué vergüenza!

Puestas así las cosas, el viejo y el niño compartieron el burro. El fiel jumento llevaba ahora el cuerpo de ambos sobre su lomo. Cruzaron junto a un grupo de campesinos y estos comenzaron a vociferar:

-¡Sinvergüenzas! ¿Es que no tienen corazón? ¡Van a reventar al pobre animal!

El anciano y el niño optaron por cargar al burro sobre sus hombros. De este modo llegaron al siguiente pueblo. La gente se apiñó alrededor de ellos. Entre las carcajadas, los pueblerinos se mofaban gritando:

-Nunca hemos visto gente tan boba. Tienen un burro y, en lugar de montarse sobre él, lo llevan a cuestas. ¡Esto sí que es bueno! ¡Qué par de tontos!

De repente, el burro se revolvió, se precipitó en un barranco y murió.

Fuente del texto: Ciudad Seva

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12anosDoce años después
Cuento hindú
Anónimo
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración: 4 Minutos
Música: Mattias Westlund (cc:by)
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Era un joven que había decidido seguir la vía de la evolución interior. Acudió a un maestro y le preguntó:

-Guruji, ¿qué instrucción debo seguir para hallar la verdad, para alcanzar la más alta sabiduría?

El maestro le dijo:

-He aquí, jovencito, todo lo que yo puedo decirte: todo es el Ser, la Conciencia Pura. De la misma manera que el agua se convierte en hielo, el Ser adopta todas las formas del universo. No hay nada excepto el Ser.Tú eres el Ser. Reconoce que eres el Ser y habrás alcanzado la verdad, la más alta sabiduría.

El aspirante no se sintió satisfecho. Dijo:

-¿Eso es todo? ¿No puedes decirme algo más?

-Tal es toda mi enseñanza -aseveró el maestro-. No puedo brindarte otra instrucción.

El joven se sentía muy decepcionado, pues esperaba que el maestro le hubiese facilitado una instrucción secreta y algunas técnicas muy especiales, incluso un misterioso mantra.

Pero como realmente era un buscador genuino, aunque todavía muy ignorante, se dirigió a otro maestro y le pidió instrucción mística. Este segundo maestro dijo:

-No dudaré en proporcionártela, pero antes debes servirme durante doce años. Tendrás que trabajar muy duramente en mi ashram. Por cierto, hay un trabajo ahora disponible. Se trata de recoger estiércol de búfalo.

Durante doce años, el joven trabajó en tan ingrata tarea. Por fin llegó el día en que se había cumplido el tiempo establecido por el maestro.Habían pasado doce años; doce años recogiendo estiércol de búfalo. Se dirigió al maestro y le dijo:

-Maestro, ya no soy tan joven como era. El tiempo ha transcurrido. Han pasado una docena de años. Por favor, entrégame ahora la instrucción.

El maestro sonrió. Parsimoniosa y amorosamente, colocó una de sus manos sobre el hombro del paciente discípulo, que despedía un rancio olor a estiércol. Declaró:

-Toma buena nota. Mi enseñanza es que todo es el Ser. Es el Ser el que se manifiesta en todas las formas del universo. Tú eres el Ser.

Espiritualmente maduro, al punto el discípulo comprendió la enseñanza y obtuvo iluminación. Pero cuando pasaron unos momentos y reaccionó, dijo:

-Me desconcierta, maestro, que tú me hayas dado la misma enseñanza que otro maestro que conocí hace doce años. ¿Por qué habrá sido?

-Simplemente, porque la verdad no cambia en doce años, tu actitud ante ella, sí.

Diez años después

junio 18, 2009 — 1 Comentario

10anosDiez años después
Cuento hindú
Anónimo
Voz: Susana Fernández Lázaro
Duración: 3 Minutos
Música: Deied (cc:by)
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El monarca de un reino de la India tuvo noticias de que había en la localidad un faquir capaz de realizar extraordinarias proezas. El rey lo hizo llamar y, cuando lo tuvo ante él, le preguntó:

-¿Qué proezas puedes efectuar?

-Muchas, majestad -repuso el faquir-. Por ejemplo, puedo permanecer bajo tierra durante meses o incluso años.

-¿Podrías ser enterrado por diez años y seguir con vida después? -preguntó el monarca.

-Sin duda, majestad -aseveró el faquir.

-Si es así, cuando seas desenterrado, recibirás el diamante más puro del reino.

Se procedió a enterrar al faquir.

Se preparó una fosa a varios metros de profundidad y se dispuso de una urna de plomo. El faquir, antes de ser sepultado, se extendió hablando sobre sus cualidades espirituales y morales que hacían posible su autodominio y poder. Todos quedaron convencidos de su santidad. Fue introducido a continuación en la urna y enterrado. Durante diez años hubo guardianes vigilando la fosa. Nadie albergaba la menor esperanza de que el faquir sobreviviese a la prueba. Transcurrió el tiempo convenido. Toda la corte acudió a la tumba del faquir, con la certeza de que, a pesar de su santidad y poder, habría muerto y el cadáver sería solamente un conjunto de huesos putrefactos. Sacaron la urna al exterior, la abrieron y hallaron al faquir en estado de catalepsia. Poco a poco el hombre se fue reanimando, efectuó varias respiraciones profundas, abrió los ojos, dio un salto y sus primeras palabras fueron:

-¡Por Dios!, ¿dónde está el diamante?