Se trataba de un hombre que nunca había tenido ocasión de ver el mar.Vivía en un pueblo del interior de la India. Una idea se había instalado con fijeza en su mente: “No podía morir sin ver el mar”. Para ahorrar algún dinero y poder viajar hasta la costa, tomó otro trabajo además del suyo habitual. Ahorraba todo aquello que podía y suspiraba porque llegase el día de poder estar ante el mar.
Fueron años difíciles. Por fin, ahorró lo suficiente para hacer el viaje. Tomó un tren que lo llevó hasta las cercanías del mar. Se sentía entusiasmado y gozoso. Llegó hasta la playa y observó el maravilloso espectáculo. ¡Qué olas tan mansas! ¡Qué espuma tan hermosa! ¡Qué agua tan bella! Se acercó hasta el agua, cogió una poca con la mano y se la llevó a los labios para degustarla. Entonces, muy desencantado y abatido, pensó: “!Qué pena que pueda saber tan mal con lo hermosa que es!”
La fábula es un género literario cultivado desde antiguo; suele ser un relato breve que trata principalmente sobre animales personificados. Al final siempre se desprende una moraleja.
Fabulistas famosos son Esopo (siglo VII a.C), La Fontaine (1722-1795) o los españoles Samaniego (1745-1801) e Iriarte (1750-1791).
Por un sinuoso camino y a gran velocidad, un hombre borracho conducía su carro. De repente, perdió el control del carro, se salió del trayecto y se precipitó contra una charca pestilente. Varias personas, al ver el accidente, corrieron al lugar y ayudaron a incorporarse al conductor.
No podía ocultar su borrachera y, entonces, uno de sus auxiliadores le dijo:
-Pero, ¿es que no ha leído usted el célebre tratado de Naraín Gupta extendiéndose sobre los efectos perjudiciales del alcohol?
Y el ebrio conductor, sin dejar de hipar, tartamudeó:
Joseph Rudyard Kipling nace en Bombay en 1865. Poeta, novelista y ensalzador del Imperio Británico.
Muere en Londres, un 16 de enero de 1936. Los constructores de puentes es un relato fantástico y a la vez oscuro que nos describe la abnegación de los británicos y de los nativos para tender un puente sobre el sagrado y divino Ganges. Un ejemplo más de la vida de los ingleses en la India colonial bellamente descrito y acompañado del misterio aventurero que mejor saber imprimir a sus relatos, Rudyard Kipling. Estamos seguros que esta cuidada adaptación sonora será del agrado de todos.
Había una vez un hombre poseedor de varios granados en su huerta. Y todos los otoños colocaba las granadas en bandejas de plata fuera de su morada, y sobre las bandejas escribía un cartel que decía así: “Tomen una por nada. Son bienvenidos”.
Mas la gente pasaba sin tomar la fruta.
Entonces, el hombre meditó, y un otoño no dejó granadas en las bandejas de plata fuera de su morada, sino que colocó un gran anuncio: “Tenemos las mejores granadas de la tierra, pero las vendemos por más monedas de plata que cualquier otra granada”.
Y, créanlo, todos los hombres y mujeres del vecindario llegaron corriendo a comprar.
Cierto día de verano una rana dijo a su compañero:
-Temo que la gente que vive en aquella casa de la costa esté molesta por nuestro canto.
Y su compañero respondió:
-Bueno, ¿acaso no nos molestan ellos con sus conversaciones durante nuestro silencio diurno?
-No olvidemos que a veces cantamos demasiado por la noche -dijo la rana.
-No olvidemos que ellos charlan y gritan mucho más durante el día -respondió su amigo.
Dijo entonces la rana:
-¿Y qué hay del escuerzo que molesta a todo el vecindario con su croar prohibido por Dios?
-Mas -replicó su amigo-, ¿qué me dices del político y el sacerdote y el científico que llegan a estas costas y pueblan el aire con molestos ruidos?
-Bien -dijo entonces el primero-, pero seamos mejores que estos seres humanos. Guardemos silencio por la noche y mantengamos las canciones en nuestros corazones, aún cuando la luna reclame nuestro ritmo y las estrellas nuestra rima. Al menos callemos por una noche, o dos, o aún por tres noches.
-Muy bien -dijo su compañero-, estoy de acuerdo. Veremos qué nos trae después tu generoso corazón.
Aquella noche las ranas callaron y permanecieron silenciosas la noche siguiente y nuevamente la tercera noche.
Y, aunque resulte difícil de relatar, la mujer charlatana que vivía en la casa junto al lago bajó para el desayuno al tercer día y gritó a su marido:
-No he dormido estas tres noches. Me sentía segura durmiendo con el canto de las ranas en mis oídos. Pero algo debe haber sucedido, pues no han cantado por tres noches. Estoy casi medio loca por falta de sueño.
La rana oyó esto y volviéndose hacia su compañero, dijo guiñando un ojo:
-Y nosotros casi enloquecemos por nuestro silencio, ¿no es cierto?
Y su compañero respondió:
-Sí, el silencio de la noche pesaba sobre nosotros, y ahora me doy cuenta de que no es necesario cesar nuestro canto por la comodidad de aquellos que necesitan llenar su vacío con ruidos.
Y aquella noche la luna no reclamó vanamente sus ritmos, ni las estrellas sus rimas.
Ŷibrān Jalīl Ŷibrān ibn Mijā’īl ibn Sa’d,Gibran Khalil Gibran, fue poeta, pintor, novelista, filósofo y ensayista.
Nació en Bcherri, Líbano, en 1883 y falleció el 10 de abril de 1931 en Nueva York. Nieto de un sacerdote. Emigra con su familia a los Estados Unidos en 1896. Cuando era estudiante se interesó por las obras de los filósofos árabes. Interesado igualmente por la pintura, comenzó muy joven su obra, pero se vio malograda en parte, como consecuencia de un fatal incendio en una sala de Boston donde exponía.
Con su muerte en 1931, perdimos uno de los filósofos y poetas que con más intimidad y profundidad nos mostró los conceptos que tratan de la vida y de la muerte y que se avienen al a máxima socrática del conocerte a ti mismo.
Las Leyes
Años atrás existía un poderoso rey muy sabio que deseaba redactar un conjunto de leyes para sus súbditos. Convocó a mil sabios pertenecientes a mil tribus diferentes y los hizo venir a su castillo para redactar las leyes. Y ellos cumplieron con su trabajo.
Pero cuando las mil leyes escritas sobre pergamino fueron entregadas al rey, y luego de éste haberlas leído, su alma lloró amargamente, pues ignoraba que hubiera mil formas de crimen en su reino.
Entonces llamó al escriba, y con una sonrisa en los labios, él mismo dictó sus leyes. Y éstas no fueron más que siete.
Y los mil hombres sabios se retiraron enojados y regresaron a sus tribus con las leyes -que habían redactado. Y cada tribu obedeció las leyes de sus hombres sabios.
Por ello es que poseen mil leyes aún en nuestros días. Es un gran país, pero tiene mil cárceles y las prisiones están llenas de mujeres y hombres, infractores de mil leyes. Es realmente un gran país, pero ese pueblo desciende de mil legisladores y de un solo rey sabio.
Se trataba de un joven erudito, arrogante y engreído. Para cruzar un caudaloso río de una a otra orilla tomó una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:
-Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?
-No, señor -repuso el barquero.
-Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida.
Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero:
-Dime, barquero, ¿has estudiado botánica?
-No, señor, no sé nada de plantas.
-Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida -comentó el petulante joven.
El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:
-Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas. ¿Sabes, por cierto, algo de la naturaleza del agua?
-No, señor, nada sé al respecto. No sé nada de estas aguas ni de otras.
-¡Oh, amigo! -exclamó el joven-. De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.
Súbitamente, la barca comenzó a hacer agua. No había forma de achicar tanta agua y la barca comenzó a hundirse. El barquero preguntó al joven:
-Señor, ¿sabes nadar?
-No -repuso el joven.
-Pues me temo, señor, que has perdido toda tu vida.
He aquí que un hombre entró en una pollería. Vio un pollo colgado y, dirigiéndose al pollero, le dijo:
-Buen hombre, tengo esta noche en casa una cena para unos amigos y necesito un pollo. ¿Cuánto pesa este?
El pollero repuso:
-Dos kilos, señor.
El cliente meció ligeramente la cabeza en un gesto dubitativo y dijo:
-Este no me vale entonces. Sin duda, necesito uno más grande.
Era el único pollo que quedaba en la tienda. El resto de los pollos se habían vendido. El pollero, empero, no estaba dispuesto a dejar pasar la ocasión. Cogió el pollo y se retiró a la trastienda, mientras iba explicando al cliente:
-No se preocupe, señor, enseguida le traeré un pollo mayor.
Permaneció unos segundos en la trastienda. Acto seguido apareció con el mismo pollo entre las manos, y dijo:
-Éste es mayor, señor. Espero que sea de su agrado.
-¿Cuánto pesa éste? -preguntó el cliente.
-Tres kilos -contestó el pollero sin dudarlo un instante.
Félix Lope de Vega Carpionació en Madrid en 1562. Tuvo una vida rica en aventuras y en su madurez se ordenó sacerdote. Es una figura primordial en el teatro clásico español. Murió en Madrid en 1635.
Era un pueblo en el que vivían, frente a frente, un asceta y una prostituta. El asceta llevaba una vida de penitencia y rigor, apenas comiendo y durmiendo en una mísera choza. La mujer era visitada muy frecuentemente por hombres. Un día el asceta increpó a la prostituta:
-¿Qué forma de vida es la tuya, mujer perversa? Estás corrompida y corrompes a los demás. Insultas a Dios con tu comportamiento.
La mujer se sintió muy triste. En verdad deseaba llevar otra forma de vida, pero era muy difícil dadas sus condiciones. Aunque no podía cambiar su modo de conseguir unas monedas, se apenaba y lamentaba de tener que recurrir a la prostitución, y cada vez que era tomada por un hombre, dirigía su mente hacia el Divino. Por su parte, el asceta comprobó con enorme desagrado que la mujer seguía siendo visitada por toda clase de individuos. Adoptó la medida de coleccionar un guijarro por cada individuo que entrara en la casucha de la prostituta. Al cabo de un tiempo, tenía un buen montón de guijarros. Llamó a la prostituta y la recriminó:
-Mujer, eres terrible. ¿Ves estos guijarros? Cada uno de ellos suma uno de tus abominables pecados.
La mujer sintió gran tribulación.
Deseó profundamente que Dios la apartase de ese modo de vida, y, unas semanas después, la muerte se la llevaba. Ese mismo día, por designios del inexorable destino, también murió el asceta, y he aquí que la mujer fue conducida a las regiones de la luz sublime y el asceta a las de las densas tinieblas. Al observar dónde lo llevaban, el asceta protestó enérgica y furiosamente por la injusticia que Dios cometía con él. Un mensajero del Divino le explicó:
-Te quejas de ser conducido a las regiones inferiores a pesar de haber gastado tu vida en austeridades y penitencias, y de que, en cambio, la mujer haya sido conducida a las regiones de la luz. Pero, ¿es que no comprendes que somos aquello que cosechamos? Echa un vistazo a la tierra. Allí yace tu cuerpo, rociado de perfume y cubierto de pétalos de rosa, honrado por todos, cortejado por músicos y plañideras, a punto para ser incinerado con todos los honores. En cambio, mira el cuerpo de la prostituta, abandonado a los buitres y chacales, ignorado por todos y por todos despreciado. Pero, sin embargo, ella cultivó pureza y elevados ideales para su corazón pensando en Dios constantemente, y tú, por el contrario, de tanto mirar el pecado, teñiste tu alma de impurezas. ¿Comprendes, pues, por qué cada uno de ustedes va a una región tan diferente?
Para todos es bien conocida la gran sabiduría del Rey Salomón. En cierta ocasión, a dos mujeres que habían acudido a él para disputar la maternidad de un niño recién nacido, el sabio rey propuso cortar por la mitad al niño, con la seguridad de que la auténtica madre, antes de ver morir a su hijo, preferiría cederlo a la falsa, con lo que se podría descubrir quién era la verdadera. Y así ocurrió.
Aparte de ser un excelente gobernante se le atribuye la composición de los libros del Antiguo Testamento conocidos con el nombre de los Proverbios, Cantar de los Cantaresy Eclesiastés. Las Sagradas Escrituras afirman que llegó a componer 3000 parábolas y 5000 cánticos.
El Cantar de Los Cantares es una especie de égloga pastoril en la cual, empleado un lenguaje propio de pastores, dialogan dos amantes recién casados. El grupo editorial Adiolibro.org, con la dirección de María Teresa Ramírez García, ha adaptado este precioso poema romántico en una bella versión sonora que cautivará muchas veces a aquellos que deseen escucharlo.
-Guruji, por favor, te ruego que me impartas una instrucción para aproximarme a la verdad. Tal vez tú dispongas de alguna enseñanza secreta.
Después de mirarle unos instantes, el maestro declaró:
-El gran secreto está en la observación. Nada escapa a una mente observadora y perceptiva. Ella misma se convierte en la enseñanza.
-¿Qué me aconsejas hacer?
-Observa -dijo el gurú-. Siéntate en la playa, a la orilla del mar, y observa cómo el sol se refleja en sus aguas. Permanece observando tanto tiempo como te sea necesario, tanto tiempo como te exija la apertura de tu comprensión.
Durante días, el discípulo se mantuvo en completa observación, sentado a la orilla del mar. Observó el sol reflejándose sobre las aguas del océano, unas veces tranquilas, otras encrespadas. Observó las leves ondulaciones de sus aguas cuando la mar estaba en calma y las olas gigantescas cuando llegaba la tempestad. Observó y observó, atento y ecuánime, meditativo y alerta. Y así, paulatinamente, se fue desarrollando su comprensión.Su mente comenzó a modificarse y su conciencia a hallar otro modo mucho más rico de percibir.El discípulo, muy agradecido, regresó junto al maestro.
-¿Has comprendido a través de la observación? -preguntó el maestro.
-Sí -repuso satisfecho el discípulo-. Llevaba años efectuando los ritos, asistiendo a las ceremonias más sagradas, leyendo las escrituras, pero no había comprendido. Unos días de observación me han hecho comprender.El sol es nuestro ser interior, siempre brillante, autoluminoso, inafectado. Las aguas no lo mojan y las olas no lo alcanzan; es ajeno a la calma y la tempestad aparentes.Siempre permanece, inalterable, en sí mismo.
-Esa es una enseñanza sublime -declaró el gurú-, la enseñanza que se desprende del arte de la observación.
Julio Vernenació en Nantes (Francia) en 1828 y falleció en Amiens en 1905.
Entres sus novelas más conocidas, en las que se mostró muy optimista con respecto a la posibilidad de popularizar los secretos de la tecnología y en las que adelantó muchos de los actuales inventos, destacan Alrededor de la Luna, De la Tierra a al Luna, 20.000 leguas de viaje submarino, La Isla misteriosa, París en el siglo XX…
Delirante e impresionante relato del maestro Julio Verne. Nadie se quedará indiferente después de haberlo escuchado.
Las mil y una noches
Fábulas del asno, el buey y el labrador
Anónimo
Voz: Lola Acevedo Diaz
Duración: 12 Minutos
Música: Mattias Westlund (cc:by)
FX: Audio-libro.com
La primera traducción completa de los cuentos de Las Mil y una noches se publicó por primera vez en Francia en el siglo XVIII, exactamente en 1704, gracias al orientalista y arqueólogo galo Antoine Galland.
Larra nació en Madrid en 1809.
Se dedicó en cuerpo y alma al periodismo firmando sus artículos con el seudónimo de Fígaro.
Murió muy joven, a los 27 años de edad, en Madrid (1837).
En La Calamidad Europea, Mariano José de Larra ironiza una vez más sobre la forma de vivir española, es decir sobre el costumbrismo.
Artículos de costumbre
La cuestión transparente
Mariano José de Larra
Voz: Paco Esquivias
Duración: 6 Minutos
Música: Tom Fahy (cc:by)
Audiolibro gratis
No ha dos días que un señor orador apellidó en el Estamento de Procuradores a la cuestión de los empleos «cuestión transparente», porque detrás de ella, por más que se quiera evitar, siempre se ven las personas. Nosotros pensamos lo mismo. Hay expresiones felices que nunca quedarán, en nuestro entender, bastante grabadas en la memoria. Cuánto sea el valor de estas expresiones, dichas en tiempo y lugar, no necesitamos inculcárselo al lector. Felices son por lo bien ocurridas, felices por el apropósito, y felices, en fin, porque hacen fortuna. Estas expresiones, de tal suerte dispuestas y colocadas, suelen ser el cachetero de las discusiones, la última mano, la razón, en fin, sin réplica ni respuesta. Después que un orador ha dicho en clara y distinta voz que el Pretendiente es un faccioso más, ya quisiera yo saber qué se le contesta. Cuando un orador suelta el «mal aconsejado», el «inoportuno», el «cimiento» y la «rama podrida», ya quisiera yo que me dijeran hasta qué punto puede llevarse la cuestión en cuestión; y si hay oradores, si hay epítetos y adjetivos, si hay expresiones felices, hay cuestiones que no lo son menos. Una cuestión, cuando es una simple cuestión, es una cuestión y nada más. Pero hay cuestiones de cuestiones. Las hay espesas y de suyo oscuras y enmarañadas, al trasluz de las cuales nada se ve; puédese escribir encima de ellas non plus ultra: nada hay más allá. Entre éstas pudiera muy bien clasificarse la de los derechos sociales. ¿Qué se ve al través de esta cuestión? Nada ciertamente: algún «visto», algún «veremos», o por mejor decir algún «no veremos». La de la libertad de imprenta. He aquí otra cuestión, oscura, negra como boca de lobo. Encima de ella ya se distinguen algunas prohibiciones, tal cual destierro; pero al trasluz, ¿qué se ve detrás? Absolutamente nada; como dice Guzmán en La pata de cabra, «sólo se ve que no se ve nada». La de la Milicia Urbana: he aquí una señora cuestión; ésta es más tupida que una manta. ¿Qué se ve detrás? Es todo lo más si confusamente se divisa por encima un reglamento, que se las puede apostar en enmiendas y fe de erratas al mismo diccionario geográfico. Es todo lo más si en la superficie se distinguen algunos miles de hombres sin fusiles, y multitud de fusiles sin hombres. Pero al trasluz nada. Semejante al retablo de maese Pedro, las pocas figuras que hay, todas están delante. Detrás ni aun Ginesillo de Parapilla y Pasamonte, que las mueve, se distingue.
Estas cuestiones, pues, oscuras y tupidas, no valen nada. Las grandes cuestiones son las transparentes. La de los empleos, por ejemplo: he aquí una cuestión de pura gasa. Aquí es donde se ve claro: detrás de ella no se necesita lente para echar de ver los empleos, y no tamaños como avellanas; el más pequeño aparece a guisa de prodigio microscópico, más grande que nuestra misma libertad, y en punto a tamaños no hay más que ponderar; pues aun se ve más, porque detrás del empleo se ve a lo lejos (un poco más en pequeño, es verdad) al hombre, pero se ve. ¡Qué no se divisa detrás de ciertos empleos, y no a ojos vistas precisamente, sino aun a cierra ojos! Se ven los empleados de los diez años; verdad es que apenas se ven los de los tres; pero, en fin, se ve; en una palabra, se ve que se ve algo; se ve que se verá más; y se verá, digámoslo de una vez, lo que siempre se ha visto; los compromisos, los amigos, los parientes… es el gran punto de vista: todo se ve. ¡Fatalidad de las cosas humanas! En las otras cuestiones anhelaríamos la transparencia. Y en ésta, en que se ve, nos hallamos precisados a exclamar: «¡Ojalá no se viera!».
El Observador, n.º 97, 19 de octubre de 1834. Firmado: F